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domingo, 25 de mayo de 2008

TEOLOGIA I



El catecismo me enseñó, en la infancia, a hacer el
bien por conveniencia y a no hacer el mal por miedo.
Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba
con el infierno y me prometía el cielo: y yo prometía y
creía.
Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y en todo
caso, pienso, si merezco ser asado a la parrilla, a eterno
fuego lento, que así sea. Así me salvaré del purgatorio,
que estará lleno de horribles turistas de clase media; y
al fin y al cabo se hará justicia.
Sinceramente: merecer, merezco. Nunca he matado a
nadie, es verdad, pero ha sido por falta de coraje o de
tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa los domingos,
ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi
todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por
tanto he violado, al menos en intención, la propiedad
privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de
Moisés: No codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su
toro, ni a su asno… Y por si fuera poco, con premeditaci
ón y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble
propósito de reproducir la mano de obra.
Yo bien sé que el pecado carnal está mal visto en el
alto cielo; pero sospecho que Dios condena lo que ignora.

Galeano

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