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sábado, 28 de junio de 2008

¿Y EL CEPILLO DE DIENTES?

Se ha despertado como la estación, cambiando los ropajes de la época de lluvias y desempolvando los tirantes. Envuelta en un sopor placentero tras dormir los besos. Saboreando un gusto ajeno que se instala en la garganta y allí hace hogar. Estira el brazo y comprueba que el hombre se levantó en sigilo, como otras veces, para no perturbar su sueño y le ha dejado una nota antes de ir a trabajar. Andan con los horarios cruzados y los días revueltos pero las noches que comparten apaciguan esta vida de locos de dos profesionales en la gran ciudad.

Tres frases de amor, la promesa de comer juntos, un dibujo ininteligible y su olor van al segundo cajón de la mesilla donde ella atesora el baúl de sus afectos. Aprovecha para rezongar entre sábanas arrugadas y repasa lo que se dijeron cuando las manos y las bocas les daban tregua horas antes: que eran uno del otro; que el tiempo solidifica su cariño; que la ausencia se clava en el alma y que ya es hora de tomar decisiones juntos fuera del plano horizontal.

La intuición femenina le dice que las cosas cambiarán en breve y que la política de los gestos mostrará el primer paso del hombre hacia un compromiso más firme pero, ¿cómo saberlo? Abre el cajón de nuevo, relee la nota que no deja lugar a dudas: está enamorado pero no dice nada sobre vivir juntos.

Radiografía su alrededor y sólo ve su ropa por el suelo junto a los restos de la refriega sexual; ninguna prenda de él. Entonces comprende que la clave está en el baño y devora los metros que le conducen a él. Sobre la encimera, junto al lavabo, duermen dos cepillos de dientes abrazados.

T. Viejo

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