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miércoles, 26 de noviembre de 2008

EL BLOG NUESTRO DE CADA DIA


Cada día se crean miles de blogs. Abrir un blog como tener un hijo, una página en blanco donde plasmar nuestros anhelos, nuestras esperanzas, un escaparate desde el que exponer al mundo nuestras protestas, y nuestros deseos.

Al principio le dedicamos todo nuestro tiempo, ¡tenemos tanto que decir, tanto que enseñar!. Empiezan a llegar amigos que a la vez reclaman nuestra atención y poco a poco nos integramos en una red de afectos y simpatías. Nuestros amigos virtuales, toman cuerpo, nos llaman por teléfono y nos muestran su auténtico rostro, también recibimos visitas de gente que discrepan nos insultan y hasta nos amenazan.

Pero al igual que aun hijo hay que alimentarlo y hacerlo crecer. Cada día nos reclama nuestro tiempo, nos pide que le contemos cuentos, que juguemos con sus amigos, y que le protejamos de sus enemigos, con el tiempo, si no le educamos puede convertirse en un tirano.

Una bitácora puede ser un aliciente para escribir, un medio de expresión a través del cual comunicarnos con miles de personas en todo el mundo, pero puede llegar un punto en el que no tenemos nada que decir, nos hemos vaciado y ya no tenemos más que ofrecer. Entonces les abandonamos como a mascotas que han crecido y ya no podemos mantener ni soportar.

La blogosfera está llena de cadáveres, algunos recién nacidos, otros que murieron de agotamiento. Puedes encontrarlos vacios, embalsamados a la espera de la resurrección, o tirados en la cuneta llenos de maleza y ratas corriendo por lo que fueron sus páginas. Cada vez que visito un blog apagado, me produce una gran tristeza y pienso en los motivos que impulsaron a su creador a abandonarlo. Me viene al recuerdo aquel cantar de Machado, musicado por Serrat.

Érase de un marinero

Que hizo un jardín junto al mar

Y se metió a jardinero

Estaba el jardín en flor

Y el marinero se fue

Por esos mares de Dios.

Creo que cuando decidimos cerrar definitivamente un Blog, deberíamos borrarlo, y darle la sepultura que daríamos a alguien a quien en algún momento llegamos a amar. Es una ley natural que deberíamos cumplir y repletar.

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