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jueves, 1 de enero de 2009

ORDENAR O NO ORDENAR


JOAN BARRIL

Han bombardeado Gaza. Y hay tres centenares de muertos más. Si habláramos con algún ciudadano israelí, podríamos encontrarnos con gente que se avergüenza del bombardeo sobre el gran gueto de Gaza. Otros, en cambio, dirían que todavía recuerdan los muertos de los palestinos suicidas en un mercado de Jerusalén y que están en guerra.

Es curiosa esa tendencia a creer que la guerra es la imposibilidad de hablar y de ceder un poco. Porque es evidente que el bombardeo de Gaza no es la solución de absolutamente nada. Dentro de poco, el eficaz cuerpo diplomático israelí afilará sus herramientas para recordar que su pequeño país está sometido al terror de los temibles misiles de Hamás y del fanatismo de sus militantes suicidas. Pero en todo conflicto hay un equilibrio de fuerzas y una proporción de medios que en Oriente Próximo no se da. Los cohetes caseros y la desesperación suicida no tiene nada que ver con la orden dada a un F-18 para que descargue sus bombas sobre la prisión de Gaza.

En otras palabras. En la guerra, en el amor, en los negocios, en una partida de ajedrez, en todo aquello que exige al ser humano un mínimo cálculo, hay dos posibilidades: hacer o no hacer, ordenar o no ordenar. Probablemente, si tuviera la oportunidad de elegir entre ser palestino o ser israelí, sin duda sería israelí. Porque me harían la vida material muy cómoda y porque con mis impuestos pagaría unas fuerzas armadas realmente contundentes. Pero, mi supuesta condición de israelí, ¿me permitiría dormir con tranquilidad? ¿Mi conciencia estaría tranquila sabiendo que el pueblo elegido se dedica a hacer con los palestinos lo mismo que los nazis hicieron en Varsovia?
El dilema no tiene interlocutores. Porque el Ministerio de Defensa israelí ya hace tiempo que ha dejado de ejercer la defensa de su territorio para hacer la vida imposible, en el sentido más literal de la expresión vida imposible, a sus vecinos indeseables. ¿Y cómo se reciben esos muertos en Europa? ¿La lucha antiterrorista obliga a cargarse al niño yuntero de Rafah, a destrozar a la niña que jugaba en la playa, a volar al peligroso guardia de tráfico? En la franja de Gaza no todo son ángeles. La razón no siempre es fácil incluso para los que la tienen. Hamás se dedica con una insistencia suicida a lanzar sus misiles al territorio israelí. Pero ¿cómo es posible que uno de los servicios secretos mejores del mundo no pueda hacer nada contra unos dinamiteros y se haya de ir a la exaltación del bombardeo sobre civiles? También la guerra tiene su sintaxis. Y esta manera de entender la guerra ni perjudica a Hamás ni tampoco beneficia a Israel.
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