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lunes, 16 de marzo de 2009

CLASES MEDIAS Y FASCISMO





Clases medias, crisis y fascismo

1. • La crisis económica puede servir de desencadenante para todo tipo de tentaciones dictatoriales

FRANCESC Sanuy*

Entre los años 1960 y 1962 viví en EEUU como becario Fulbright y, después, como profesor adjunto de Economía del Trabajo en la Cornell University de Nueva York. En el verano de 1961 participé en un seminario en la Universidad de Berkeley de California y allí me recomendaron la lectura o reading assignment de un libro de Seymour Martin Lipset: Political Man. Tengo grabado el recuerdo de la obra y que me impresionó mucho el capítulo quinto, que relacionaba el nacimiento de los movimientos extremistas o fascistas con la reacción de las clases medias contra el maltrato sistemático que, en tiempos difíciles, se les aplica por parte de los poderes constituidos.
Tanto me impactó entonces que, 47 años más tarde, al reflexionar sobre las posibles consecuencias sociales y políticas de la presente crisis económica, alguna neurona me trajo a la memoria al autor, el título e incluso el capítulo. De modo que le pedí a mi hija si me podría encontrar el texto en la biblioteca de la Pompeu Fabra. Y, efectivamente, localizó una reedición que he hojeado con renovado interés. Dice, en efecto, el autor que las clases sociales menos sofisticadas culturalmente y con una visión más simplista de los grandes asuntos tienden con más facilidad al autoritarismo. Afirma también que los movimientos de masas pueden tener expresiones extremistas basadas en la clase trabajadora alta y media.

SEGÚN EL esquema generalmente aceptado, la derecha representa una cierta aristocracia y el conservadurismo, mientras que la izquierda significa la reforma y la igualdad. Sin embargo, el factor religioso o las pugnas regionales y territoriales pueden romper la divisoria de clases. En la Alemania y la Austria prenazis, por ejemplo, los votantes hitlerianos eran más de centro y clase media que de derecha. Por su parte, el fascismo fue una ideología populista que inspiró a las pymes partidarias de la libre competencia, de la propiedad privada con posibilidad de generar beneficios contra los monopolios y las grandes empresas capitalistas. Fueron, pues, las clases sociales más desplazadas (pequeños comerciantes, campesinos, autó- nomos y regionalistas como los de Schleswig-Holstein contra Prusia) los que se enfrentaron al gigantismo y al centralismo. Concretamente, en Alemania, el Mittelstand, que es la base del progreso económico, siempre simpatizó con el federalismo, aparte de luchar contra la unificación. En la Francia del general De Gaulle, además del Rassemblement du Peuple Français, estaba la UDCA (Unión de Defensa de los Comerciantes y Artesanos), el poujadismo (10% en las elecciones de 1956), la clase media baja, los trabajadores independientes o la pequeña burguesía de las regiones decadentes.

ASÍ, PUES, el caldo de cultivo de los movimientos totalitarios puede nutrirse de los sectores descontentos en momentos de adversidad, de los que se sienten psicológicamente relegados, de los económicamente inseguros, de los que se consideran víctimas del sistema en el fracaso personal, de los socialmente aislados no demasiado instruidos y de los autoritarios que ven cómo los poderosos les llevan a perder estatus social. Todo ello constituye un conjunto de ambiciones frustradas que recuerda la llamada de Engels, en 1890, a los que no tenían nada que esperar (más que nada que perder) y convocaba a las víctimas reales o imaginarias de la injusticia social y a los que rompían todo vínculo con la situación establecida
Mutatis mutandis, la crisis económica actual, que en muchos sentidos ya supera a la gran depresión de 1929, puede servir de desencadenante para todo tipo de tentaciones dictatoriales alimentadas por los combustibles tóxicos del odio y el resentimiento. Algunos observadores ya empiezan a mostrar la preocupación por un posible resurgimiento del fascismo. Y, efectivamente, existen algunos indicios, sin ir más lejos, en las filas del sindicalismo británico, donde el partido fascista British National Party se ha apropiado del eslógan "puestos de trabajo británicos para los trabajadores británicos" para hacer de ello un elemento de xenofobia.

EN EL CONJUNTO de Europa también es visible la reaparición de un antisemitismo fomentado por los inmigrantes musulmanes. Los ataques a las sinagogas van acompañados de blogs financieros que atribuyen a la perfidia de Judas y Shylock los desastres de Lehman Brothers o Madoff. También los primeros inmigrantes irlandeses que llegaron a EEUU, huyendo del hambre de la patata, fueron recibidos inicialmente con rótulos que rezaban: "No contratamos a irlandeses", con el mensaje sobreentendido de que quitan el trabajo y son leales solo al Papa de Roma. Y es que el populismo económico siempre busca culpables entre los habituales muñecos del pimpampum víctimas de los prejuicios raciales y de la discriminación, mientras que no hace referencia alguna a los auténticos responsables de la catástrofe. Vigilemos, pues, este rebrote del fascismo, especialmente cuando la cara fea del monstruo liberticida puede presentarse por internet y causar más maldades aún que durante los años 30. Y anotemos a los que realmente se merecen el oprobio y, en cambio, siguen con altivez e impunidad llenándose los bolsillos como si no hubiesen roto nunca un plato.
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