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lunes, 9 de marzo de 2009

LA CATACUMBA





Jean-Claude Romand, un tranquilo funcionario cuarentón de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se levanta aquel 9 de enero de 1993 más temprano que de costumbre. En vez de inspeccionar el césped que rodea su casita en Gex, una pequeña localidad situada a 17 kilómetros de la frontera suiza y a muy pocos más de Ginebra, mata a su esposa Florence y a sus hijos Aritoine y Caroline, de tres y siete años. Luego va a la casa vecina, la de sus padres, y también acaba con ellos. El perro tampoco escapa a la exigencia asesina del funcionario, que hoy, por una vez, no marcha puntual hacia la oficina, sino que prende fuego a las casas después de ingerir todos los somníferos que quedaban en un tubo.

Años más tarde, el 1 de enero de 2000, Enmanuel Carrére publica L'Adversarie, un libro en el que se habla de todo lo que sabemos de Jean-Claude Romand. Carrére, que es un novelista muy estimable, asistió al proceso de Romand, en junio de 1996, y desde un libro cuenta la historia de Jean-Claude Romand, que mató a su familia para no revelar lo que no era, entonces intentaba escribir sobre un personaje que no comprende.

Cuando Romand salió del coma en que le habían sumido los somníferos se encontró con un grupo de policías estupefactos: habían descubierto que Romand no era ni había sido nunca funcionario de la OMS. que nunca había terminado los estudios de medicina, que nunca había podido, pues, ejercer como médico, que no tenía trabajo alguno conocido y que su esposa, familiares y amigos estaban convencidos de todo lo contrario.

Durante 18 años de matrimonio, Romand había salido de casa cada día a la misma hora. Iba a una oficina imaginaria, que sólo existía en una postal, una crucecita puesta en una fachada con decenas de ventanas idénticas. La realidad era otra. Romand se subía al coche y se iba hasta un aparcamiento gratuito. Allí dejaba pasar las horas, dejaba que transcurriese la jornada laboral.

A veces imaginaba congresos y viajes al extranjero y eso le permitía regresar más tarde, dos o tres días después, tras visitar de manera compulsiva los sex shops o casas de masaje ginebrinas. "Una mentira, normalmente, sirve para recubrir una verdad, algo que puede ser vergonzoso pero es real. La mentira de Romand no ocultaba nada. Tras el falso doctor Romand no hay un auténtico Jean-Claude Romand", dice Carrére. En efecto, Jean-Claude Romand se metió en la piel de su personaje desde el momento en que no se presentó al examen de segundo curso de medicina. No lo dijo a sus padres para no decepcionarles y esa mentira exigió otras, una ficción completa, crear un personaje que sólo era su función social.

Romand creó durante 18 años una arquitectura social sobre el vacío más absoluto. Cuando una amante le reclamó el dinero prestado (nuestro hombre vivía del dinero que le dejaban sus colegas médicos para que él lo colocase en Suiza al 18%) todo el entramado se vino abajo. Pero Romand no quiso ver el terremoto en los ojos de sus padres, esposa o hijos.
Ni tan sólo en los de su perro. Por eso les mató.

La justicia condenó a Romand a 22 años de cárcel sin derecho a reducción de pena. El proceso sirvió para encerrar el enigma Romand en una celda, pero no para resolverlo. Carrére pone al desnudo la extraña relación entre la personalidad social y lo que queda de nosotros una vez privados de títulos, funciones y uniformes. Por eso el enigma Romand interesa a tanta gente, porque es un poco nuestro propio enigma.
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