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viernes, 15 de mayo de 2009

EL ESTADO DEL ESTADIO




JOAN BARRIL

Todavía resuenan en los oídos de las Españas el grito del "¡Pooodemoooos!", referido a la posible --y a la postre, real-- victoria de la selección española en la Eurocopa del año pasado. La épica popular va por barrios y probablemente ciertos comentaristas de la capital solo entienden la épica de sus propios colores. De tal manera que, cuando consideran que el gran partido del día no les hace vibrar, entonces se entretienen en la letra pequeña y la escriben con palabras enormes: El himno humillado, Bochorno en Mestalla. Algunos incluso llegan a sugerir la prohibición de que los equipos de ayer puedan continuar jugando en esa competición tan humillada por los silbidos de unos cuantos. Cuando el fuerte no tiene ganas de pensar, lo mejor siempre es la prohibición del débil.
La civilización consiste, entre otras cosas, en saberse comportar. No es lo mismo una taberna que un baile de gala. No se actúa de la misma manera en un entierro que en una boda. ¿Existen unas normas de buena conducta para cada deporte? Durante muchos años, se consideró que el tenis exigía silencio, hasta que los responsables de ese deporte abrieron la manga para que se convirtiera en un nuevo templo del hooliganismo. Si eso sucede con el tenis, ¿qué vamos a decir del fútbol? Alguien permitió que el fútbol dejara de ser un espectáculo deportivo y se convirtiera en un ámbito en el que valía todo. En los distintos campos europeos o americanos se han lanzado desde las gradas insultos, botellas, cabezas de cerdo y bengalas. Las aficiones más radicales se han enfrentado y luego se ha tenido que legislar sobre los cadáveres. Y, sin embargo, lo verdaderamente grave de este comportamiento, por lo visto, es el hecho de silbar al himno nacional. También hace poco Sarkozy anunció que no habría más partidos amistosos con aquellas selecciones cuyos aficionados inmigrantes silbaran La Marsellesa.
A los escandalizados les sugiero dos soluciones rápidas para acabar con ese problema. La primera: que si no quieren que el himno sea silbado, simplemente no lo pongan. ¿Realmente es imprescindible para la buena práctica del fútbol una música sin letra más propia de recepciones de presidentes? La segunda: a esos que se la cogen con un papel de fumar por el silbido al himno que representa al Estado, ¿por qué no se avienen a reconocer a las selecciones deportivas catalanas o vascas?
Cuando el fútbol, azuzado por sus gestores, deja de ser un juego se convierte en una batalla de símbolos que van más allá de los colores del equipo. Existen ciudadanos que no consideran que España sea su país. Y acaso esos ciudadanos, a los que la Constitución permite votar iniciativas claramente independentistas, ¿van a ver negado su derecho a silbar en un estadio un símbolo del Estado del que quieren separarse? De tanto patriotizar al fútbol, los estadios se han convertido en una plaza pública de la adhesión o el descontento. Anteayer tocó protesta. Representa exactamente eso: la oportunidad de expresar un malestar y una quimera. Los que hoy hablan del "himno humillado" no saben lo que es el goteo de humillaciones que desde hace años vienen destilando.
No soy de himnos. La Marcha Real no me pone. Y siempre hay alguien más autorizado a cantar Els Segadors que yo. Prefiero el silencio voluntario de las multitudes. En vez de los silbidos, ¿qué habría sucedido si, al final del himno de anteayer, 60.000 personas hubieran permanecido en silencio? Solo en el silencio puede aflorar la reflexión del necio.
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