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viernes, 26 de junio de 2009

CONTRIBUYENTES

Contribuyentes

JOAN BARRIL

Mientras los jóvenes buscan explicaciones y posibilidades para adaptar sus notas de selectividad, algunos de sus padres rezagados están ultimando la declaración de la renta, cuyo plazo acaba este final de mes. Teorema del contribuyente: aquellos que intuyen que van a pagar poco o que incluso van a ver como el Estado les devuelve dinero son los primeros en presentar esos curiosos sobres llenos de comprobantes. Por el contrario: aquellos que temen el mordisco con el que Hacienda se va a quedar con parte de sus ingresos son los que se acercan en estos últimos días a la entidad bancaria con cara de Diógenes durmiendo dentro de su barril.
Existe una poética de la declaración de la renta. Por ejemplo: ¿qué va a ser de esos sobres enormes en los que se conservan las huellas de nuestro paso por el año? Me imagino a miles de funcionarios de la Agencia Tributaria desparramando sobre enormes mesas recibos, facturas y resguardos y analizando si nuestra capacidad de gasto se corresponde con lo que ahí se muestra. Creíamos que solo la gente importante se atrevía a contratar los servicios de un plumilla para que pergeñara sus memorias o su biografía autorizada. Pero ahora sabemos que eso no es cierto y que el principio de equidad que debe marcar a los gobiernos empieza por ese cariño con el que el Ministerio de Hacienda proporciona a cada ciudadano un biógrafo. ¿Cómo si no se puede calificar a ese personaje que sabe el coche que tenemos, los gastos de la tarjeta de crédito, nuestros vicios de pago y nuestra incapacidad de ahorrar? ¿A quién, si no a la Agencia Tributaria, le confiaríamos lo que gastamos en vacaciones, nuestros implantes dentales, los estudios de nuestros hijos o los secretos que se dejan a la puerta de nuestro hogar conyugal?
Solo la Agencia Tributaria puede desmentir que aquel fin de semana en el que se le dijo a la pareja algo de una convención de ventas en Vigo, el contribuyente infiel firmó una mariscada colosal en el puerto de Ciutadella y luego pagó una bonita suite para dos en un hotel con encanto. Y ahí están los papeles como prueba de un cargo deducible de la famosa cuota líquida.
Pero tal vez esa gran nave en la que miles de escrutadores comprueban papel por papel la certeza de nuestra declaración es una pesadilla inexistente. Ese sobre que entregamos al banco no se lo lee nadie. En realidad es solo un objeto para ayudarnos a mantener el orden contable, una prenda que se da al Estado como un acto ritual de sumisión. En eso hemos mejorado, porque en las culturas primitivas al Estado se le apaciguaba entregándole una joven virgen. Pero ahora ya todo está informatizado y el sistema muestra una mayor credibilidad que el recuento manual de las cifras. Imagino un gran hangar donde los sobres de los declarantes se amontonan sin orden ni concierto y un par de máquinas excavadoras van cargando sus palas y lanzan las declaraciones en una enorme pira de la que sale el humo de los sueños. Los vecinos cercanos saben lo que allí sucede, pero mantienen una respetuosa discreción y no hablan de esa hoguera con nadie. Al fin y al cabo, las cenizas de lo que gastamos y lo que cobramos en el 2008 siempre serán tierra sagrada. Porque aquel fue el último año de una abundancia aparente y de ahora en adelante los sobres habrán adelgazado tanto como las esperanzas. En esos días, el dinero privado se convierte en público. Que llegue a buen fin ya es cosa de la política. Que se mantenga la confianza en el sistema ya es cosa de los políticos.
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