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viernes, 3 de julio de 2009

MO ES MI PROBLEMA

¿No es mi problema?


JOAN BARRIL

Una carta aparecida esta semana en este periódico nos introducía en el mundo kafkiano de la dejación del servicio público. Según el lector, se presentó en una estación de Renfe y pidió un billete de cercanías. Al llegar a la máquina canceladora que da acceso a los andenes, la máquina no le admitió el billete. Regresó a la señorita de la taquilla y ella le respondió: «Ese no es mi problema».
No es una respuesta extraña. En la organización social del trabajo, los estrategas de métodos, tiempos y otros eufemismos para convertir el trabajo en una ciencia exacta se han dejado llevar por un único concepto: el de la rentabilidad a ultranza de la llamada fuerza de trabajo.
Un amigo me contaba que, a la hora de contratar a su asistenta, esta le dijo que tenía dos tarifas. A saber: «Con pensar o sin pensar». La iniciativa se trata de un valor que promueve la eficiencia de las organizaciones humanas y que hace una selección automática entre los vagos y los creativos.
Porque tras la frase: «No es mi problema» se esconde toda la perversión de un sistema laboral caduco e insolidario. En el trabajo que significa atender al público no se puede mantener una actitud basada en despejar los problemas que no atañen al trabajador. En el fondo del alma laboral esa negativa a considerar el problema de la organización de la que forma parte como un problema ajeno suele ser el resultado de una política salarial diseñada bajo mínimos. En vez de potenciar la sinergia de los empleados, lo que los expertos denominan en feliz neologismo empowerment, es decir, la facultad de una empresa de hacer que sus trabajadores adopten medidas imaginativas y eficaces que les haga sentirse dueños de su propio trabajo sin tener que depender de las decisiones de las grandes cúpulas de dirección.
Para ello la empresa debe demostrar su confianza y asumir algún riesgo y, ¿por qué no?, una valoración salarial superior para los que consideran que un problema que afecta a la empresa es realmente su problema. Lo dicho: «Con pensar o sin pensar».
Cabe preguntarse que nos está pasando para que las llamadas ciencias de la motivación hayan fracasado tan estrepitosamente en España. Los neoliberales lo tienen claro: «Acaben ustedes con el Estado del bienestar, reformen las relaciones laborales y supriman de una vez la lacra del paro subvencionado. Déjenos despedir libremente y ya verán como la gente se espabila». Cada vez que un trabajador dice a un usuario que el problema del usuario no es su problema se está echando más leña al fuego de los enemigos de unas relaciones laborales justas. Lo mismo puede decirse a los defraudadores del sistema de salud, esos jóvenes trabajadores especializados en pedir la baja los lunes mientras los trabajadores veteranos aguantan sus resfriados a pie de tajo.
Tal vez los sindicatos deberían desarrollar una didáctica sobre sus afiliados. Los abusos de unos cuantos al final los acabamos pagando entre todos. Se puede –y se debe– protestar cuando se intuye que los ERE no responden a la crisis, sino a una recapitalización encubierta de la empresa que los promueve. Entonces sí que el problema es nuestro problema. Mientras tanto, hay motivos para reflexionar si un trabajador experto y hábil es necesariamente un buen trabajador. La calidad del trabajo no está en las manos, sino en la mirada. Cuando se menosprecia al usuario o al compañero, algo se quiebra en el alma. Las virtudes son de algunos, pero los problemas son de todos.
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