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jueves, 23 de julio de 2009

Verano azul




Querríamos creer, pero nos faltan motivos. Querríamos creer que, tras la huella de Aznar, podía existir un Partido Popular que en vez de rugir se dedicara a pensar. La socialdemocracia no siempre va a ser una panacea. Los pactos con ciclistas, nacionalistas y prohibicionistas de toda ralea dejan al votante tradicional embarrado en la duda. De ahí que, de vez en cuando, cuando la política de los propios deja al votante insomne, entonces se quiera creer que Rajoy no es lo mismo que aquella panda de monaguillos de Rouco Varela. Se quiere creer que el centro es posible, aunque solo sea para que los socialistas puedan volver a ser socialistas con la cara bien alta. Pero no hay manera. Por más buenazo que parezca Rajoy, alguien engordó a la bestia de sus militantes y sus periodistas durante muchos años y ahora no van a dejarle ser como quisiera ser. Rajoy está secuestrado en un zulo de lujo, cubierto de cortinajes de donde asoman sin recato todos los puñales de la España de la muerte. Así le fue a Adolfo Suárez en su día, así le va a ir ahora a Rajoy. Esta derecha no entiende de pensamiento, sino de reacciones primarias. No han venido a este mundo a permitir que lo pasemos bien. Lo suyo no es una aportación, sino una permanente negación del propio y por supuesto del contrario.
En lo que llevamos de verano, el Partido Popular navega. De vez en cuando censuran a Zapatero, a quien lo de la crisis pilló desprevenido. Pero lo cierto es que el PP no ofrece nada a cambio. La bronca hace ruido, pero da pocas nueces. Azuzados por sus evangelistas impresos y radiofónicos, el PP ha estrenado el mes de julio en la más absoluta de las indecisiones respecto al caso Gürtel. Pocos meses atrás se había destapado un insólito espionaje entre correligionarios, que también pasó desapercibido por la dirección. La coña de los trajes y de los bolsos a los altos dirigentes del PP valenciano ha demostrado que todo eso es una anécdota insignificante. Aquella boda de la nena de Aznar en El Escorial está siendo un inestimable archivo fotográfico de los amiguetes del alma. Un tesorero de un partido al que se le atribuyen dotes de chantajista solo merece por parte de Rajoy la respuesta de que a él no lo chantajea nadie. Contra la sospecha, chulería. Es un estilo, ciertamente.
El mismo estilo que se ha visto ante el nuevo modelo de financiación. Todos cobrando, pero de paso insultando a sus promotores. «Un catalán vale más que dos madrileños», dicen los de Esperanza. «Todo es valencianofobia», exclaman los de Camps. Hace unos años se decretó el boicot al cava. Lo hizo el partido que dice defender a los empresarios, pero en el bien entendido de que, cuando el producto es catalán, entonces hay empresarios que no merecen un lugar en el sol. Hoy el tono guerracivilista continúa siendo el mismo.
Y qué no decir de la iniciativa de meter a los niños en la cárcel. ¿Acaso pequeños violadores y asesinos van a encontrar en la cárcel la posibilidad de reeducarse y reinsertarse? Ni siquiera en esta cuestión tan dolorosa el PP se dispone a pensar. La culpa, claro está, es de Zapatero, entrenador de violadores que no entiende que la justicia ha de ser siempre el castigo, jamás la reflexión.
Pero para rematar este mes de julio, nada mejor que la visita de Moratinos a Gibraltar. Eso sí son palabras mayores. Traición, humillación, afrenta, deshonor son algunas de las lindezas que se han vertido. Nada nuevo bajo el sol de la derecha más dura. Los símbolos, por encima de las personas. El verano está siendo hoy más azul que nunca.
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