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viernes, 21 de agosto de 2009

DOS FUEGOS




Tu voz era calma, como un susurro constante que me llevaba lentamente de la mano hasta la cima del placer. Era delicado y pacífico. Inexplicablemente sensual. Y yo me dejaba guiar por esa voz apenas perceptible siguiendo las indicaciones de aquellas palabras inaudibles, que sin embargo, lograban la más absoluta obediencia.
Sumisa dejaba que tus besos recorrieran mi cuerpo sin pudores y sin réplicas, sin interrupciones ni impedimentos. Tus manos estaban dotadas de una paciencia casi litúrgica que convertían cada caricia en un ritual, placentero, emocionante y, por momentos, tenebroso. Lenta y cuidadosamente, llegabas a destino y allí te quedabas tanto tiempo como fuera necesario, gozando con aquella tortuosa escena en la que te suplicaba que te detuvieras para no detenerme. Entonces mi cuerpo dejaba de pertenecerme y sin saber muy bien que extraño dios se había apoderado de mi voluntad, me rendía a sus pies.
En cambio tu respiración agitada marcaba el ritmo de aquellos arrebatos de pasión. Tus manos apresuradas me ofrecían caricias profundas con direcciones precisas. No improvisaban el trayecto, sabían de antemano el destino y allí se dirigían sin demoras. Fugaces e intensas, como un estallido de placer que se encendía y atravesaba mi piel casi hasta quemarme las vísceras.
Y mientras saboreabas casi con desesperación cada rincón de mi cuerpo y te relamías de placer, me sentía el manjar más delicioso del mundo. Demasiado apetecible como para esperar. Como si mi piel emanara vapores volátiles que te apresurabas por exhalar. Y yo dejaba que te apoderaras de cada trozo de piel, de cada gemido, de cada reacción, como si se tratase de los ingredientes de tu plato favorito, esperando que me devoraras sin satisfacerte y al deglutir el ultimo bocado me pidieras más.
Tuve mis momentos. Quería todo y nada. Buscaba la seguridad de tu mirada; y de vos, la voracidad de tu lengua desenfrenada.
Noche tras noche descubrí la lujuria en tu mirada en tus pupilas dilatadas, en el brillo de tus ojos. La excitación que habías aprendido a demostrar poco a poco, con movimientos medidos, besos estudiados y caricias que me humedecían al sentir el más mínimo contacto de tus manos.
Y cuando creía haber encontrado el éxtasis en esa forma tan artística del placer, aparecías vos, con una técnica propia de la guerra, de una danza salvaje, de una lucha encarnizada en la que no solo estaban en juego nuestros orgullos, nuestros deseos reprimidos que se hacían presentes sin permiso, sino el poder de hacer gozar al otro, como nadie, como nunca…
Y parada en medio del terrero, amenazada por dos fuegos con diferentes intensidades, me quedé quieta esperando que uno de los dos se apague y el otro avance. Pero las llamas no se apaciguaban y por quererlo todo, las avivaba y cuando ya no quería nada, me quemaban.
Sé que estoy viva, porque me duelen las llagas después de pasar por la hoguera a la que cada noche me condenas, en la que pago la culpa de tus pecados y mis deseos.
Sé que estoy viva, porque la piel se me eriza cuando sopla aquella suave brisa que levanta mi ropa y deja al descubierto mis ganas.
Sé que estoy viva, porque las sábanas de mi cama se tiñen de carmín mientras siento mi sangre corriendo lentamente, secándome poco a poco…




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