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lunes, 17 de agosto de 2009

"Vi un montón de cadáveres, pero no me impactaron"

Andrea Busfield, periodista y novelista

IMA SANCHÍS - 17/08/2009

Tengo 39 años. Nací en Warrington, norte de Inglaterra, vivo en Chipre, donde he terminado mi segunda novela, y mi destino es Viena, donde vive mi pareja. He ejercido de periodista para el tabloide británico ´News of the World´. Soy partidaria de políticas laborales y agnóstica

El gran cambio de mi vida fue ir a Afganistán.

¿Enviada por el tabloide News of the World?

Sí, en octubre del 2001, poco después del 11-S, para cubrir "la guerra contra el terror".

¿Con qué prejuicios llegó?

No tenía ningún tipo de prejuicio porque no sabía nada de Afganistán. Trabajaba para un diario sensacionalista que no esperaba de mí un análisis serio de la realidad. De hecho viajé con una guía cuya primera frase era: "El mejor momento para ir a Afganistán es no ir nunca a Afganistán".

Entiendo.

A la larga, no saber nada me resultó ventajoso porque me mezclé con su gente en lugar de andar siempre con periodistas occidentales. Me pareció un lugar mágico, como retroceder cien años en la historia.

Pero usted aterrizó en plena invasión norteamericana.

Aterricé en Jabal us Siraj, habían empezado las campañas aéreas, pero los americanos todavía no se habían desplegado por el territorio y no habían llegado las fuerzas de seguridad de la OTAN. En Kabul era distinto.

¿Cuánto tiempo se quedó?

En mi primera estancia estuve tres meses siguiendo el tira y afloja entre la alianza del norte y los talibanes hasta que cuatro periodistas fueron asesinados. Pero me gustó tanto el país que durante dos años estuve yendo dos veces al año de vacaciones.

¿De vacaciones a una guerra civil?

Las cosas estaban tranquilas, de hecho alquilé un coche para recorrer el país y el único peligro era que apenas había carreteras. Y en el 2003 me llevé a mi madre.

Y luego decidió instalarse allí.

No me gustaba el trabajo que me habían asignado: crítica de televisión. Vi un anuncio de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, buscaban una vicedirectora para el diario Voz de la Libertad,fundado por las fuerzas de seguridad de la OTAN.

¿Qué buscaba usted en Afganistán?

Quería descubrir cuál era la magia que me tenía tan embelesada. Y es simple: por encima de su belleza, Afganistán es un país de gente valiente, hospitalaria y encantadora.

Los parlamentarios amenazaron a la diputada Malalai Joya con violarla.

Es una sociedad patriarcal con ideas medievales, pero los hombres son cariñosos con sus mujeres e hijas. Todos esos problemas se resolverán con la educación. La Constitución actual establece la igualdad de derechos entre sexos, pero llevará su tiempo.

¿Qué vivió estando allí?

Me mezclaba con los afganos y con los occidentales, era una vida muy normal.

Pues aquí no paraban de llegar noticias de atentados, masacres e injusticias.

Había grupúsculos de insurgentes en el este del país. Los ataques en Kabul eran poco habituales y los occidentales no éramos objetivo, así que no pasábamos miedo.

¿?

Durante esos dos años y medio hubo cuatro o cinco atentados suicidas, que no es tanto. Las cosas cambiaron cuando atentaron contra un hotel de cinco estrellas en el que murieron varias personas. Entonces, como muchos otros occidentales, decidí marcharme. Todavía hoy siento que cometimos una traición, nos fuimos cuando más nos necesitaban. Pero no me fui por eso.

¿Por qué se fue entonces?

En el 2006 conocí a un capitán austriaco destinado en Kabul, nos enamoramos, y cuando le enviaron a casa me fui con él.

Cuénteme qué cosas significativas le han ocurrido allí.

Mis recuerdos no tienen mucho que ver con la idea que se tiene aquí de Afganistán. He visto un montón de cadáveres en las calles, pero no me impactaron, no parecían reales, quizá por eso nunca sentí miedo. Para mí fue mucho más significativo sentarme a jugar con las piernas cruzadas al carambul.

Pero ¿y los talibanes atacando a niñas y mujeres en escuelas y universidades?

Es real, pero toda moneda tiene dos caras. Hace unos meses, en Kandahar, los talibanes atacaron un colegio y lanzaron ácido a la cara a unas niñas, una desgracia. Sin embargo, esas niñas han vuelto a la escuela. No debemos subestimar la valentía del pueblo que no se deja intimidar por los talibanes.

Sobre las cárceles secretas norteamericanas, ¿no sabía nada?

No, se hablaba de mercenarios pagados por el Gobierno estadounidense que iban a la caza de talibanes y que actuaban bajo órdenes del Gobierno, pero nada más.

Da la impresión de que vivía en un mundo aislado.

Yo era vicedirectora de un periódico dedicado a la propaganda sobre la reconstrucción, o sea, que en mi trabajo periodístico las cárceles secretas no estaban en la agenda.

Amnistía Internacional lo denunció.

Trabajando para la OTAN lo último que voy a hacer es cubrir una historia que dé una visión negativa de lo que están haciendo.

Ahora sí la entiendo, aunque no lo comparto.

Todo eso de las cárceles secretas salió a la luz cuando yo ya había regresado.

¿Cuál es el fondo de su novela?

Como ha quedado claro en esta entrevista, lo más fácil es que la gente conozca los aspectos más negativos de Afganistán, y yo he querido reflejar la calidez, el amor, el sentido del humor de los afganos. Amo ese país y he querido plasmar el lado positivo.


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