COMO Y DONDE PODEIS COMPRAR MIS LIBROS

viernes, 18 de septiembre de 2009

"Me tuve que ganar el respeto por haber nacido hembra"

Rosa Gil, restauradora, dueña de Casa Leopoldo, inaugurado en 1929

IMA SANCHÍS - 15/09/2009

60 años. Nací y vivo en el Raval. Soy viuda de torero y tengo una hija, Carla. Estoy licenciada en la escuela de la vida. Considero a los políticos unos ineptos aferrados a su poltrona, han vendido la Rambla a las mafias y más de uno ha chupado del bote. Creo en las personas

Yo soy una rosa de fuego.

¿?

Y Los anarquistas bautizaron la semana trágica como la rosa de fuego, porque se levantaron los oprimidos.

¿Y?

Me avergüenza admitir que un siglo después mi ciudad padece los mismos síntomas, dividida en esclavos y verdugos. Quiero que Barcelona se levante y vuelva a tomar su ciudad, y estoy dispuesta a batallar.

¿Nació guerrera?

Mi casa era un patriarcado, y tuve que ganarme el respeto y el reconocimiento de mi propia familia por haber nacido hembra.

¿Y cómo lo hizo?

El primer intento fue lanzándome a los 10 años a una dehesa a torear. "Le quiero demostrar a mi padre y a mi abuelo que tengo tantos cojones como ellos", dije. Por fortuna aquellos toros eran cabestros.

¿Cuál era su papel en Casa Leopoldo?

Me tocaba estar en la cocina fregando platos subida a un taburete, o lo que terciara. Pero cuando venían franceses mi abuelo me mandaba llamar porque yo estudiaba ese idioma: "¡Que suba la nena!". A la tercera vez le dije: "La nena ya no baja a la cocina", yme pegó una torta. "Ahí te quedas", le dije.

¿Y se fue?

Sí, tenía 16 años y me puse a trabajar en lo que salía: en una agencia de viajes o limpiando casas, hasta que el abuelo me vino a buscar: "Visto que tienes más cojones que yo te quedas en la sala".

El abuelo creó el restaurante.

Una tasca portuaria precisamente en la semana trágica. Antes habían estado en Casa Antúnez viviendo como hoy lo hacen multitud de familias emigrantes: tres matrimonios en una casa, uno con cinco hijos, otro con tres y otro con dos, hasta que decidieron que la vaca no daba para todos.

El feudo de las mujeres fue la cocina.

Sí, mi abuelo era estibador y luego conductor de tranvía, y el tío Celestino enterrador. En la cocina, situada en un sótano, mandaba la madre de mi abuelo, la abuela Tomasa.

¿. .. A la que se le cayó el techo encima?

Sí, se derrumbó el comedor del altillo, que es donde nací yo una semana antes. Felizmente ya nos habíamos subido al piso superior. Tomasa estaba pelando patatas y se puso la olla en la cabeza, así sobrevivo. Durante 13 meses la estuvieron reconstruyendo.

¿Por qué eligió usted a un torero?

Creía estar enamorada, pero hoy sé que lo que yo quería era darle gusto a mi padre. La primera idea que me vino a la cabeza cuando supe que José había muerto fue: ¿Y ahora con qué contentaré a mi padre? Años más tarde conseguí matar al padre.

¿Y en quién se convirtió?

En una mujer que ya no necesitaba complacer. En poco tiempo se murió media familia y pasé de ser la nena a ser la empresaria de un negocio en números rojos.

¿Qué público le tocó atender?

Ya venía la burguesía, los restaurantes eran la prolongación de los despachos y en ellos se acababan de redondear negocios y luego se iban a algún burdel de alta categoría, cosa que acostumbra a pasar.

¿Todavía hoy?

Sí, un negocio se cierra con una buena cena yun buen kiki.Pretender abolir la profesión más antigua del mundo es absurdo, lo que tienen que hacer es regularlas, respetarlas y protegerlas. No están en buenas manos.

¿Antes había putas más felices?

Sí, y más dignas. Yo conocí algunas que eran auténticas señoras que ponían a los clientes las cosas claras. Muchas ejercían de psicólogas de aquellos hombres necesitados. Había más caricias que fornicaciones.

¿Amigas de la casa?

Sí. Yo de niña era muy mala comedora y como en el restaurante nadie me podía atender mi abuelo le daba a Pepi y a Maruja una cazuela de potaje que calentaban en un infiernillo y compartíamos. Ellas hablaban en clave para que yo no entendiera, pero entendía. Aprendí de su ternura y su entereza.

Y de su matrimonio, ¿qué aprendió?

A seducir. "Rosa, no te quiero, pero te necesito, ¿te atreves a casarte conmigo?" El matrimonio duró 8 meses porque un toro lo mató en Barcelona. Mi hija nació dos meses después de su muerte.

Explíqueme eso de la seducción.

El que quiere ser seducido te va dando las pistas y tú sólo tienes que saber utilizarlas con ironía, humor y mucha ternura. Verlas venir y saberlas torear.

Después de José no quiso más casorios.

Una vez matado el fantasma del torero, durante ocho años gocé del sexo en todas sus facetas. Fui otra puta, pero benevolente y sin cobrar. Todos esos hombres hoy son mis amigos. Eso para mí es el amor bien entendido, sin esclavitudes ni dependencias.

Por su casa ha pasado de todo.

Cuando en los 80 llegó al barrio la droga dura, el restaurante se llenó de capos. Yo me he enterado de a quién se le tenía que dar una paliza, o peor. Había uno que tenía toda la dentadura de oro y llevaba al cuello los diez mandamientos escritos con diamantes.

¿Nacional?

Sí. Cada día se sentaba a comer a la misma mesa. El día que falleció mi padre nos llevó al entierro en una furgoneta.

... Es lo que tienen los capos.

Un día le dije: "Tengo cierto temor a ser extorsionada". "La regla de oro en el mundo de las mafias - me explicó-es que las catedrales no se tocan; y tu casa es una catedral".

LA nena

A los 11 años, Fulgencio Batista le enseñó a comer espaguetis y Juliette Binoche escupió en su restaurante. Hija y esposa de torero, resistió en su mundo, el Raval. Vázquez Montalbán hizo de Casa Leopoldo uno de los rincones preferidos de Pepe Carvalho. En sus memorias, La Nena de Leopoldo (El Aleph), escritas por Arturo San Agustín, se cuenta la historia de un barrio y sus asiduos. "Tres cosas me han marcado: no ser bien recibida por haber nacido hembra y los años que transcurren para ser considerada una persona y no una mujer más en la cocina; un matrimonio que hizo aflorar mis dotes de seducción, y heredar un negocio que se hundía, lo que me permitió descubrir mis recursos".

La Contra (La Vanguardia)

Publicar un comentario