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lunes, 14 de septiembre de 2009

¿Una escuela sin libros?

Hoy empieza el colegio y el gran tema de conversación de madres y padres no va a ser ningún referendo, sino lo de los ordenadores que se van a repartir, gratis para todos menos para los catalanes, que en eso de pagar somos los verdaderos campeones, sean autopistas, sucesiones o multas por pasarse de 80 km/h.
Lo de los ordenadores para cada alumno es una iniciativa curiosa, pero difícilmente criticable. Al fin y al cabo, ¿qué hubieran dicho nuestros padres si nos contaran que la escuela pública proporcionaba a los alumnos lápiz, goma de borrar y cuadernos para sus tareas escolares? El ordenador es una herramienta útil que va a impregnar la vida cotidiana de los alumnos de hoy cuando sean mayores. Pero que no se olvide que un ordenador solo es una máquina. La llamada sociedad de la información se tiene en tan alta estima que considera que basta una relación táctil con el ordenador para que toda la historia y la ciencia de la humanidad se filtren por ósmosis en nuestro organismo. Es fácil ver a los niños llegando a casa y, ante un problema escolar, decir sin ningún tipo de reparo: “Voy a buscar información”. El que esto suscribe y los colegas de la prensa nos hemos pasado años buscando información para contarla a los ciudadanos y todavía dudamos sobre la veracidad de las cosas que escribimos. Una cosa es la información y otra muy distinta es el conocimiento, esa extraña virtud que proviene de aprender de nuestros propios errores y de contrastar los errores ajenos. El ordenador es una máquina que nos obedece, pero no es un tótem de la sabiduría. Bienvenido sea el ordenador a las aulas. Pero no es una iniciativa neutra.
Y es que en todo este lío, una vez más, se ha dado una versión excluyente. La misma que se produce con tanta gente que usa el correo electrónico, pero que niega al interlocutor la posibilidad de que la respuesta sea por vía telefónica, un invento en plena vigencia.
La llegada del ordenador al colegio se ofrece como un progreso –y sin duda lo es–, pero no debe ser un progreso a costa de otro invento sobre el que se ha cimentado el saber de la Humanidad, que no es otro que el libro de texto o simplemente el libro. Digan lo que digan los adalides de esa iniciativa, el mensaje implícito en el reparto de ordenadores es el de una mayor eficacia respecto al libro. Y eso tiene algunos daños colaterales. En primer lugar, fuerza el abandono de la reflexión y de la imaginación para ensalzar la cultura visual. En segundo lugar, habida cuenta de la llamada “brecha tecnológica” que los propios bibliocidas admiten entre los padres menos hábiles y sus hijos mucho más capacitados en los secretos de la informática, va a desaparecer la tenue complicidad que todavía hoy existía en la formación intrafamiliar. La desaparición del libro escolar implica la desaparición del libro como compañía y del hábito de la lectura ambulante.
Con la apoteosis oficial del ordenador escolar –una herramienta de clara obsolescencia planificada que va a exigir una nueva inversión en muy pocos años– se exigirá también a los maestros una preparación suplementaria que siempre irá mucho más atrás que el más torpe de sus jóvenes alumnos. Nadie dijo nunca a los padres que debían enseñar a sus hijos a ir en bicicleta. Y, sin embargo, así lo vienen haciendo generación tras generación. Pero el ordenador escolar a costa del descrédito del libro impreso deja a los alumnos con una herramienta de información que, tras los primeros días, va a convertirse en un nuevo juguete.

Joan Barril
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