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jueves, 31 de diciembre de 2009

BUENOS PROPÓSITOS

 JOAN BARRIL


Por más uvas y campanadas que nos den, por más ropa interior de color rojo y por más discursos oficiales que nos caigan encima, el fin de año no es más que una convención astronómica. Se trata simplemente que la Tierra se encuentra cada año, respecto al sol, en el mismo lugar en el que se encontraba el año pasado. O sea: que nuestra sombra tiene la misma longitud sobre el suelo, los árboles mantienen todavía las pocas hojas que les quedan, la cerveza continúa marcando la frontera entre líquido y espuma y el humo que sale por las chimeneas perfuma el aire con la misma fragancia que en años anteriores. Queda, eso sí, el factor humano. Porque los años son la medida del tiempo que más se adapta a nuestro crecimiento. Los años, las tarifas del transporte y el precio de las cosas y las esperanzas todavía no cumplidas. En días como hoy, en vigilias de agendas nuevas, es un buen momento para hacer el listado de buenos propósitos sabiendo que el año que viene esos buenos propósitos serán tan constantes como la longitud de la sombra, el sabor de la cerveza o el humo que ciega los ojos de la gente del invierno.
Desearía que las pantallas de internet fueran realmente un invernadero de pequeñas sabidurías en vez de ser el jardín de infancia de aquellos que solo saben insultar desde el anonimato. Me gustaría dejar de entender la política como el sucedáneo de todas las prohibiciones y no como el arte de impulsar todas las ideas realmente constructivas.
Firmaría ahora mismo para que la gente volviera a leer antes de tergiversar lo que en realidad nunca se llegó a leer. Me sentiría mucho más seguro en un mundo dónde la verdad contrastada valiera más que el simple rumor.
A veces viviría tranquilo dejando que los sentimientos fueran más respetables que los principios. Me tranquilizaría imaginar que los movimientos del alma humana llevaran a la comprensión antes que la moral social les llevara a la inquisición.
Me conformaría con sentir, durante 10 minutos al día, la sensación vibrante de las plantas, esos seres que solo tienen vida pero que no se meten en la vida de los demás.
Investigaría las razones últimas del cansancio, porque eso significaría conocer los motivos del trabajo y la utilidad del esfuerzo. Buscaría la belleza en el fondo de las cosas abyectas y haría lo posible para extraer del marco la pincelada del genio y la armonía del silencio entre el estrépito. Quisiera no querer nada y, en cambio, seguir queriendo.
Viviría más feliz si el teléfono sonara cuando lo espero y callara cuando lo temo.
Me gustaría comprobar si es posible vivir con lo que llevamos puesto. Si podemos llegar caminando. Si podemos ser más sabios sin información. Si podemos aceptarnos sin necesidad de espejos.
Recuperaría las emociones que algún día quedaron escritas y las sacaría a volar de nuevo sobre otros mundos, otras gentes y otras pieles. Haría lo posible para decir que no cuando siento que no.
Retrocedería en los calendarios hasta dar con el momento exacto en el que empecé a equivocarme.
Haría un museo de los odios y un vivero de los entusiasmos, lugares justos para no olvidar las afrentas y para compartir las alegrías.
Me sentaría en el interior de un templo esperando a que Dios me diga alguna cosa.
Todo eso serían deseos propios de un año excepcional. Pero, probablemente, va a ser que no. ¡Feliz 2010, señores!
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