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jueves, 10 de diciembre de 2009

Todos nos llamamos Alí (o Mohamed)


JOAN Ollé
Mientras vuelo de Tánger a Barcelona, un periódico me pone al corriente de las tribulaciones de la súbdita marroquí y ciudadana saharaui Aminetu Haidar, apátrida en Lanzarote, convencida de que las aspiraciones colectivas valen más que las vidas tomadas de una en una: prefiere ser una muerta de hambre a vivir arrodillada. El Gobierno español le ofrece casa y patria, pero ella no renuncia a la suya –quizá solo soñada–, pero patria.
Llegamos a la antigua terminal de El Prat, más triste que un nunca más, y el pasaje se organiza en dos larguísimas colas delante de dos ventanillas –hay muchas más, pero están cerradas– en las que se puede leer: «Ciudadanos No Unión Europea». Los trámites son lentos, los pasaportes de la gente de piel más oscura que la nuestra son observados con lupa, no vaya a ser caso que se cuele algún indeseable.
En un momento dado, una de las policías de las ventanillas –mona, rubia, casi pija– grita, autoritaria: «¡Los europeos, primero!». Un grupo de gente decente, bien nacida, se rebela contra la voz de orden alegando que todos somos iguales, que hoy y allí todos nos llamamos Alí (o Mohamed). La agente nos castiga: «¿Todos iguales? ¡Pues, anda, todos a hacer cola!». Pitos y palmas.
Al llegarle su turno al portavoz de los bien nacidos, le explica a la agente 000 que, si quieren hacer distinción, por qué no organizan una cola para unos y otra para otros. Ella responde que hay lo que hay y aún gracias. Una segunda voz inquiere que, si toda la policía española es como ella, prefiere ser magrebí, a lo que la poli mona, rubia, casi pija, sentencia: «Debe ser que usted se siente más catalana que española». Ante tal juego de disparates, abucheo general.
Sugería el viejo Aristóteles en su Política que el policía, por las delicadas responsabilidades que sobre él recaen, debería ser el más culto y educado de los ciudadanos. No fue así en esta ocasión. O quizá es que hay dos maneras de concebir el hecho de ser marroquí: obligar a comer contra su voluntad a los que reniegan de su patria –o sea: ser catalanes, no españoles–, y a los otros, no darles ni agua.
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