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jueves, 4 de marzo de 2010

EL FIN DE LA ESPECIE HUMANA

Mientras hay gente que cree que los atunes rojos, los toros de lidia, las focas de Terranova o los tigres de Siberia son nuestros primos hermanos, todavía hay humanos que prefieren considerarse miembros de la humanidad. Nos disponemos a cruzar una avenida llena de coches y camiones de velocidad considerable. Esperamos frente al semáforo en rojo y, de pronto, oímos a nuestra espalda los pasos apresurados de un niño de 3 años que se ha soltado de la mano de su abuela y que está a punto de lanzarse a la vía rápida. El niño tal vez no entiende el código de luces del semáforo. Simplemente juega a ser más independiente y no atiende al peligro del tráfico. Cuando esto sucede, reaccionamos espontáneamente. Detenemos al niño imprudente evitando que se lance a la calle de la muerte segura. La abuela llega sofocada, agradece el gesto del inesperado salvador de su nieto y se va soltándole la lógica regañina.
Mientras abuela y nieto se alejan, pienso que es solo un niño anónimo. No es ni nuestro hijo ni el hijo de un vecino. Se trata de un desconocido, pero con su salvación hemos reaccionado a la llamada de la especie. Porque la especie humana mantiene desde sus orígenes una idea clara de solidaridad y de autoprotección. En las cuevas de Lascaux se han encontrado momias sin dientes que, a pesar de todo, fueron alimentadas por sus congéneres masticando el bolo alimenticio que luego les ponían en la boca. Si la humanidad no se ha detenido y se ha erigido en la especie dominante ha sido, sin duda, por esa capacidad de ayuda mutua que nos hemos dado.
En estos días de catástrofes naturales, todos nos sentimos cercanos a Haití o a Chile. La muerte nos hermana y la tristeza de las desgracias nos produce la contradicción de sobrevivir en un mundo frágil.
Pero, sin embargo, esa solidaridad por las causas lejanas se transmuta en animadversión cuando el extranjero habita entre nosotros. Las últimas encuestas demuestran que la xenofobia, es decir, el odio irracional hacia lo extranjero, va aumentando. ¿Qué sucede para que ante una catástrofe natural todos seamos iguales y, en cambio, cuando la catástrofe responde a las malas prácticas de los poderosos entonces las diferencias afloren? En tiempos de crisis y de paro, el parado ya no es uno de los nuestros. El parado que busca trabajo ya no forma parte de aquella humanidad doliente a la que hace un par de días queríamos socorrer. Hoy el parado dispuesto a aceptar el trabajo que nosotros no quisimos es, en realidad un competidor. Y es entonces cuando aflora la suspicacia ante el extraño. Los competidores siempre han existido. Pero la piel, las creencias, el vestido,les hacen visibles.
Cuando el mundo era únicamente un planeta en construcción, el ser humano se buscaba para no sentirse solo, entre otras cosas, porque la unión hacía la fuerza. Y de la unión surgieron las primeras palabras y los primeros inventos. Pero luego alguien inventó también los países, los continentes y las tribus. Y la antigua solidaridad de los hombres débiles se convirtió en una sala de banderas. Hoy nos da la sensación de que nadie salvaría a los niños de 3 años, negros o amarillos, bajitos o talla XXL. La ayuda mutua ha desaparecido en nuestras cercanías y, todo lo más, hay que irla a depositar en parajes mucho más lejanos. 


Joan Barril
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