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martes, 9 de marzo de 2010

Miseria xenófoba



LEONARD BEARD
LEONARD BEARD 
 • La integración social y cultural, no solo económica, se realiza únicamente con una convivencia continuada

SALVADOR Giner
Xenofobia en griego significa «miedo al extranjero». Es una de las enfermedades del miedo, una de las fobias. Tiempo atrás se confundía con el miedo a los espacios abiertos –con lo que hoy llamamos agorafobia–, en contraste con la más conocida claustrofobia. Detrás del odio existe siempre el miedo, la fobia. Aunque no sea ninguna amenaza real.
Hace solo un par de decenios era corriente escuchar que los catalanes éramos inmunes a esa enfermedad, un mal propio de algunos pueblos extranjeros. Incluso uno lo identificaba solo con EEUU y Suráfrica. No era raro escuchar a gente de izquierdas decir que ciertos países, como la URSS, estaban libres de xenofobia. Acontecimientos posteriores permitieron constatar que era falso. Y lo que ha ocurrido en Salt, y antes, de forma diferente, en Vic, en Cunit y en El Vendrell, demuestra la falsedad de nuestra catalana inmunidad. La integración tradicional de los inmigrantes españoles –en gran medida muy exitosa– no permite en absoluto que la utilicemos como explicación de lo que algunos piensan que sucederá con la inmigración de hoy. No será así.

Si estamos de acuerdo con que hay que superar la xenofobia, habría que estar de acuerdo también en las vías prácticas para poder eliminarla. Para lograrlo, no estaría de más escuchar lo que la investigación sociológica ha constatado. Lo que sabemos con certeza. A la luz de lo que sabemos, para disminuir y eliminar los enfrentamientos que genera la xenofobia hay que lograr tres objetivos: la integración económica de las comunidades que son víctimas de ello, la paz local y la integración social.
La integración económica: la entrada en un mercado de trabajo no significa la integración social de nadie, venga de donde venga. Solo cierta integración laboral. La social es la necesaria, a pesar de que esta también puede confinar a una persona a una clase social baja, con oportunidades educativas y de promoción mucho más pobres que las del resto de la ciudadanía. Una integración económica mínima, aunque sea dentro de las clases subordinadas, es una condición previa para la eliminación de la xenofobia. A pesar de que hoy no está tan de moda como hace unos años hablar de clases sociales, quisiera recordar que existen. Conforman nuestra vida. (La de los de aquí, también.) De ahí el imperativo de que los gobiernos regulen en la medida de lo posible el flujo inmigratorio y lo adapten al mercado de trabajo. La ingenua idea, fruto de las mejores intenciones de la ideología buenista, de que se pueden aumentar aún los 80 millones de inmigrantes que existen hoy en Europa sin dificultades xenófobas está falta de todo realismo. La Unión Europea debe tener, pues, una política inmigratoria firme y clara. Y una política laboral integradora igualmente firme.

La dimensión local de la xenofobia es una segunda constatación sociológica. Los casos en los que todo un país reacciona xenofóbicamente contra un colectivo inmigrante son escasos. (La locura fascista antijudía es una grave excepción bastante conocida.) Es por ello por lo que los enfrentamientos aparecen siempre localmente y por tanto deben ser resueltos por ayuntamientos y asociaciones de vecinos. (Sin embargo, Salt es tanto parte de Girona como L’Hospitalet y Badalona son parte de la conurbación barcelonesa; ¡y todos ellos parte de nuestra patria común!) Se entiende que muchos políticos escurran el bulto dejando que los responsables locales se las tengan que ver con sus problemas también locales. Pero Nelson Mandela,Mahatma Gandhi y Martin Luther King, nos ha dado otra lección, bien diferente y mucho más válida. La de la respuesta nacional. La de la superación del localismo.

Por último, los estudios sociológicos que desde hace mucho tiempo han indagado en los procesos de integración con el detalle y parsimonia necesarios demuestran, más allá de toda duda, que la integración social y cultural (no solo la económica y de otro tipo) se realiza solo mediante una convivencia continuada. En efecto, los guetos no ayudan. Ni la segregación en escuelas distintas y alejadas entre ellas. Ni la distancia entre las clases sociales tampoco ayuda. (De lo que hoy
–como les decía– nadie habla, cuando ayer era el tema estrella de la progresía nacional: la clase.) La convivencia, cuanto más mezclada mejor, es necesaria para formar un pueblo en paz consigo mismo. No hay otra vía. Es por falta de esa confluencia por lo que encontramos sociedades europeas en las que los enfrentamientos xenófobos surgen, como en Francia, en la segunda e incluso en la tercera generación, con hijos y nietos de inmigrantes.
La consecución de estos tres objetivos no es fácil. Pero será imposible si no nos ponemos a ello sin pérdida de tiempo. Sería preciso que nuestros políticos, candidatos a las próximas elecciones, tuviesen el coraje de declarar exactamente cuáles son sus propuestas respecto a la política inmigratoria para conseguir la integración de los recién llegados y sus familias dentro de nuestra sociedad. Una sociedad en la que no existe la ablación de clítoris ni lugar para el fanatismo religioso de ningún tipo. Sería preciso, pues, que evitaran declaraciones vaporosas y nos dijeran exactamente lo que piensan hacer con las comunidades inmigrantes si quieren que los votemos. como antes


* Presidente del Institut d’Estudis Catalans.
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