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viernes, 12 de marzo de 2010

PIELES DEMASIADO FINAS

 

El otro día, a la señora Rosa Díez se le escapó un tópico. Vino a decir que el presidente Zapatero era un político a la gallega, es decir, uno de esos personajes que nunca se sabe si están subiendo las escaleras o las están bajando. Todos los pueblos del mundo han ido acumulando desde tiempos inmemoriales unos curiosos sambenitos que van pasando de generación en generación. Así sabemos, por ejemplo, de la ancestral tacañería escocesa, del mecánico orden germánico, de la puntualidad suiza y del humor británico. Conocemos, también, la melancolía portuguesa, la chulería madrileña, la tozudez aragonesa y la juerga fallera valenciana. Incluso Dante, en su Divina Comedia, tiene a bien certificar en verso «la avara pobreza de los catalanes». El tópico en boca de Rosa Díez fue un error de su propio guión, pero la reacción airada de los partidos políticos gallegos tal vez fue desmesurada. Los defectos y las virtudes no han de servir para desautorizar o ensalzar a nadie. Basta con que todos sepamos lo que piensan de nosotros y nos lo tomemos deportivamente. Porque demasiado a menudo nuestra autoestima proviene de demostrar a los demás que les tenemos en muy baja estima.
El artista que me acompaña en esta columna vive en La Rioja y ayer le decía: «Toño, no sabes lo que me gustaría ser vecino tuyo, y pasear entre las viñas y comer espárragos en El Cachetero o escoger mi vino en el Carmen y sentir la fuerza animal de los asados del Terete de Haro sobre sus mesas de madera bruñida de tanta limpieza de tahona y dejarme mecer por el viento de Labastida y dar maiz a los gallos de la Iglesia de Santo Domingo de la Calzada». Y Toño, perplejo, me preguntó que todo eso por qué. Y le dije que porque nadie se mete con La Rioja y los riojanos no se ven obligados a ir por el mundo pidiendo perdón por serlo ni tampoco a vociferar su orgullo público ante el planeta. Un grupo de Gràcia llamado Ai, Ai, Ai compuso una magnífica canción rumbera cuyo estribillo en inglés decía: «It’s so hard to be a catalan». Efectivamente, es duro ser catalán como es duro haber de cargar con todos los exabruptos, los excesos y las carencias de nuestros compatriotas. ¡Con lo fácil que sería ser simplemente riojano y gozar de la vida!
Porque el resbalón de Rosa Díez no es tan importante como la reacción que conlleva. ¿Qué nos está pasando para que de pronto hayamos descubierto el placer de estar siempre con las garras a punto ante el más mínimo comentario sobre nuestra precaria estirpe? De pronto todos tenemos la piel muy fina y la simple caída de una hoja sobre nuestro cuerpo nos provoca un enorme dolor que exige venganza. No me gusta esa persecución constante, esa susceptibilidad militante en la que es más importante lo que nos dicen que lo que realmente somos. Porque en el permanente estado de vigilancia la felicidad tiende a ser escasa.
Incluso la prensa deportiva de Madrid ha pasado de ser el altar del orgullo a convertirse en el muro de las lamentaciones y la fábrica de todos los victimismos. Si hay navarros que abjuran de ser vascos y valencianos convencidos de que todos los males vienen de Catalunya. Si por unos quiméricos juegos olímpicos los catalanes perdemos el cariño de los aragoneses y el agua de unos campos de golf nos ha de amargar la bondad de la huerta murciana, ¿qué nos queda? La animadversión está a un paso del odio. Las multitudes se dejan llevar con demasiada facilidad hacia la afrenta colectiva. Tal vez ya solo nos queda la calma secular y tranquila de La Rioja. 


Joan Barril
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