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martes, 2 de marzo de 2010

SERRAT, COSECHA Y CANTO



JOAN BARRIL

El otro día, en el mercado de Santa Caterina, me ofrecían cerezas. Eran unas buenas cerezas, sabrosas y carnosas y razonablemente bien de precio. Pero no eran las cerezas de mi infancia. Para gozar de lo que nos da la tierra no basta con el sabor. También hay un tiempo para saborear. Y las cerezas, aunque no fueran tan buenas como las que me ofrecía el vendedor de Santa Caterina, requieren de espera y de deseo. Las mejores frutas fuera de temporada son una consagración del capricho y una exaltación del poder humano que intenta condicionar el poder de la naturaleza. 


Pensaba en las cerezas este fin de semana en el que el sol y la niebla, el viento y la calma han organizado un intenso concierto. He tenido la fortuna de escuchar el último trabajo de Serrat sobre poemas de Miguel Hernández y la orquestación de Joan Albert Amargós. A Serrat no hay que meterle prisa. Serrat nos ofrece su cosecha cuando él considera que ha llegado a su estadio óptimo de madurez. Hijo de la luz y de la sombra es un trabajo tan necesario como lo fue el primer disco, grande y negro, sobre la obra de Miguel Hernández. 


Hoy los discos son más pequeños. Y pronto esos elementos circulares empequeñecerán todavía más hasta convertirse en el punto y final de una manera de transportar la música. Pero el campo en el que Serrat y sus amigos hacen crecer los versos de los grandes poetas continúa perfectamente abonado y fértil. Yo no se cómo vamos a degustar al Serrat que todavía nos cantará de aquí a 10 años. Pero no hay tecnología, ni nueva ni vieja, que pueda con la palabra bien dicha, con la música bien pensada y con la voz consciente que es un instrumento más al servicio del verso.
La labor de Serrat es la del zapador que busca los restos del naufragio de la memoria entre las playas desiertas del olvido. Muchos jóvenes harían bien en acercarse a ese Miguel Hernández que murió en las cárceles franquistas y que cantó al amor del miliciano, al temor de la muerte y a la necesidad de las armas. La estrategia de la derecha española consiste en entender la guerra civil como una catástrofe natural de la que los vencidos no deberían sacar partido. 

Pero toda guerra tiene una sintaxis. Y tanto los franquistas como sus aliados nazis y fascistas usaron la hipérbole del exterminio mientras gente como Hernández defendía su dignidad a golpes de poesía.
Cuando Serrat se enfrenta a los grandes poetas, Antonio Machado, Miguel Hernández, Mario Benedetti, Joan Salvat Papasseit o Joan Margarit, lo hace con una humildad ejemplar. Se subordina a la letra de la emocionante Uno de aquellos o busca armonías difíciles pero emocionantes en Dale que dale. Así crece Serrat cada día: haciéndonos crecer a los poetas enormes que pagaron con su vida la barbarie antipoética de la España más bestia. 

Cuando ni siquiera los poderes públicos socialdemócratas se atreven a reivindicar la belleza derrotada, Serrat está ahí como el gran archivero de la armonía.
En una cultura ensimismada, más apegada al espectáculo que al rigor, me enorgullece que todavía haya artistas que hacen canciones para que el pueblo las haga suyas. En un momento en el que lo más rentable es desmitificar a los mitos y cubrir de porquería a los poetas muertos, como se ha hecho recientemente con Gil de Biedma y con el propio Hernández, Serrat está ahí para recordarnos que la belleza no es biodegradable. El verso se hizo canción y habitará entre nosotros
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