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martes, 18 de mayo de 2010

FALTA DE CONFIANZA

JOAN BARRIL
Les cuento una batallita de pequeño calado. Corría el año 1996 y faltaba poco para las elecciones que darían la victoria a Aznar. Por aquel entonces me tocó seguir la campaña electoral del aspirante, envalentonado con razón ante el desánimo de un González con el plomo en las alas de Roldán y compañía. Recuerdo que Aznar celebró su aniversario en plena plaza de toros de Murcia. Al día siguiente, la campaña se detuvo y aproveché para regresar un día a Barcelona.
Desde Murcia al aeropuerto de Alicante conté con los servicios de un simpático taxista murciano que había sido contratado por el partido de Aznar para la prensa. Convencido de que estaba con un correligionario, el taxista murciano recorrió los 70 kilómetros que le separaban del aeropuerto contándome su vida y profiriendo todo tipo de exabruptos contra González. Resultó que el taxista, a bordo de un Mercedes clase E, había empezado su vida laboral emigrando a Alemania. Allí se quedó bastantes años hasta que consiguió ahorrar. Con la democracia, el taxista –que aún no lo era– empezó a invertir sus ahorros en un bar. Poco a poco consiguió una licencia para el taxi y, duplicando esfuerzos, repartía cafés por la mañana y viajeros por la tarde. El Mercedes E se multiplicó. Y también se multiplicaron los cafés. El año anterior el empresario ejemplar contaba con una flotilla de 10 vehículos y tres bares, uno de ellos de postín, en la provincia de Murcia. Todo eso me lo contaba mientras circulábamos por una autopista libre de peaje con destino al aeropuerto de Alicante, un camino que se conocía porque dos de sus hijos estudiaban en una universidad extranjera, y él los iba a recoger cuando era conveniente. Pero lo importante era que por fin iba a ganar Aznar y González se iría con viento fresco.
Recuerdo esa confidencia del taxista murciano por lo que tiene de pérdida de la memoria. En cierta manera es lo que está sucediendo hoy, tras el principio del fin del Estado del bienestar. Ni el taxista ni ninguno de nosotros quiere acordarse de la España en la que crecieron. Era una España con poco asfalto, con pocos aviones, con pesetas devaluadas, con un paro más que notable, con vacaciones de botijo y mucho sol y muchas moscas. Evidentemente, no fue González el que abrió las puertas al progreso. Pero sería conveniente, cuando las cosas van mal, saber de dónde venimos. Porque durante demasiados años, ni los populares ni los nuevos socialistas han renunciado a cubrirse las espaldas impulsando el consumo. ¿Cómo vamos a consolar ahora a aquellos que vivieron con más de lo que necesitaban y que ahora se van a ver obligados a frenar un poco? La culpa es del Gobierno, pero los gobernantes no son ajenos a esa complicidad.
No hay memoria porque la memoria del bienestar es lábil y vaporosa. La memoria es selectiva. Y en ciertos estadios de la humanidad solo la usamos para cubrir las afrentas y para alimentar las venganzas, jamás para buscar un acto de contrición. Vuelvo al taxista murciano. También él usó su memoria para sacarse las culpas de encima y para cargárselas al que él consideraba su adversario político. Pero el taxista se la jugó, trabajó más que nunca, pensó que con un bar no tenía bastante y que con un Mercedes solitario tardaría muchos años en amortizarlo. El taxista murciano no usó la memoria para saber cuál era el lugar oportuno de su tiempo, pero supo usar su tiempo para hacer de él un tiempo mejor. Ahora, tras el lamento, ha llegado el tiempo de buscarse la vida.
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