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miércoles, 20 de octubre de 2010

El desarme como acción humanitaria y opción liberadora



Víctor Corcoba Herrero
A la estación de la paz no se llega con armas. Tampoco la justicia se defiende con artefactos, sino con la razón y la mano tendida. El sueño de un desarme total, de un mundo sin armas, tiene que ser posible. Cierren las fábricas que producen instrumentos para matar. Sólo hace falta que deje de ser un negocio este tipo de productos que son la mayor amenaza a nuestra supervivencia. La observancia anual de la semana del desarme, propiciada por la ONU del 24 al 30 de octubre, ha de ser un momento para la reflexión de todos los gobiernos y Estados. La carrera armamentista es lo peor de lo peor, un sinsentido consentido de punta a punta. La hecatombe causada por todas las guerras debiera servirnos para tomar otros rumbos y otras actitudes. Mucho se habla del desarme pero realmente nada se hace al respecto. La mismísima OTAN rechaza el desarme nuclear.

Un contrasentido total, puesto que la seguridad en el planeta no se consigue con la posesión de artilugios sin alma. Hay que buscar otras vías y rebuscar otros modos, más allá de las bombas, de la acumulación masiva y competitiva de aparatos demoledores de vidas humanas.

Debemos precintar los arsenales, mejor hoy que mañana, y ver la manera de atenuar la tirantez internacional. El mundo ha sido creado para la vida, para ser recreado por los seres pensantes, o sea, por todos nosotros. El desarme tiene que hacerse realidad. Nos interesa. La mejor defensa es la tutela del diálogo. Por supuesto, no está en los misiles que hablan con un abecedario frío, incivil y estúpido. Personalmente, a mi no me gusta ni el mundo de los vencedores, que es un mundo altanero, tampoco el mundo de los vencidos, porque guarda el rencor de por vida, prefiero el mundo incesante de la consideración, de los seres humanos capaces de colocar sus ideas en el mismo nivel que las convicciones de otros. Desde ya, es decir desde ahora mismo, el mundo tiene que liberarse de las armas, establecer un planeta libre de aparatos químicos, nucleares, cibernéticos... El terrorismo nuclear, el de municiones en racimo, las minas terrestres antipersonal, el de armas convencionales o biológicas, en suma cualquier uso sistemático del terror, no es una fantasía, está ahí, en cualquier esquina puede activarse su poder destructor y destruirnos como civilización, en un abrir y cerrar de ojos. Por consiguiente, un plan de desarme global es lo que este planeta necesita; no es cuestión de un país, sino de todos los países; y menos aún es cuestión de un tipo de armas, sino de todas las armas, porque al final todas matan de la misma manera.

En un momento en el que se han multiplicado las amenazas, servidor aplaude la semana del desarme. Algo puede ser todo. Nos hace falta una regeneración pacifista, un desarme como acción humanitaria y opción liberadora. Ciertamente, se precisa para ello un cambio total de gestas amorosas y de gestos embellecedores, que nos vuelvan más comprensivos. La evolución tiene que optar por ser una auténtica revolución. Hoy por hoy, el entorno es más salvaje que sociable. Para empezar, películas, videojuegos y demás instrumentos de ocio, bien podrían ser menos fanáticos. La sociedad ha crecido violentamente porque el sistema de vida genera violencia por todos los puntos cardinales. Desde luego, no se puede educar para el desarme si la realidad es feroz y ruda. El mismo vocabulario que se injerta por los aires de la vida desde determinados poderes, bestialmente corruptos, a lo único que alientan es al cataclismo, a la perturbación del orden o a la destrucción en masa. El calvario que vive actualmente el planeta ayuda poco, por no decir nada, a ser pacifista de convicción y por convencimiento. El sufrimiento humano causado por tantas injusticias, por tanto abuso de armas, es algo terrible y algo difícil de olvidar, que requiere una buena dosis de humanidad por todas partes. Y lo más espantoso es que cada día tenemos un mundo menos apropiado para los más débiles, incluidos los niños.

Al mundo sólo parece afanarle los temas económicos de los poderosos. Es verdad que la economía mundial se encuentra sumida en una profunda crisis financiera, pero hay que decir que ha sido gestada en parte por la falta de valores éticos y humanos. Por esa ausencia de humanidad, no han importado las dificultades, la carrera de armamentos ha seguido y sigue creciendo. Alcanza ya la cifra de más de un millón de millones de dólares. Son tantos los recursos invertidos en armamentos, que lo del desarme cuesta asimilarlo. Las Naciones Unidas han calculado que bastarían 80.000 millones de dólares anuales durante una década para acabar con la pobreza; el hambre; y la falta de salud, de educación, y vivienda en todo el planeta. El gasto destinado a armamento es pues 180 veces más que el destinado para paliar el hambre, promover el desarrollo agrícola y atenuar la situación económica generada en los últimos meses, por el auge del precio de los alimentos. Qué bueno sería que se cambiaran armas por comida. Sería el primer gran paso. El siguiente pasa por un desarrollo global, para todas las personas y para todos los pueblos. Se dice que no hay dos sin tres, la orientación del ser humano a la búsqueda de lo justo es otro de los andares precisos. Y es que la paz sólo tiene un camino, lo que nos exige ponernos decididamente al servicio de todos con todos. No es fácil, porque el ser humano sigue buscando más la guerra que la paz y no suele fiarse ni del vecino, con lo cual, el problema del desarme que es sustancialmente un problema de confianza recíproca, queda en el baúl de lo que pudo haber sido, pero en absoluto es.


(Artículo de los semanarios de Publicacion es del Sur)
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