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miércoles, 13 de octubre de 2010

Otra vez Hawking y la teología

Cuestionar el origen de la creación es, sin pretenderlo, tanto como negar la existencia de Dios


 
Alfonso S. Palomares Periodista
  La aparición en el pasado mes de septiembre del libro El gran designio, del astrofísico Stephen Hawking, provocó una agitada polémica al sostener que Dios no era necesario para la creación del universo, ya que, en razón de la ley de la gravedad, el universo se creó a sí mismo. No habla de teología, ni de fe, pero originó un tremendo seísmo porque tocaba las raíces de muchas creencias y las convicciones profundas de mucha gente. En medio de la marejada mediática, yo publiqué en este periódico un artículo titulado: Enmienda a la totalidad de Hawking. No entraba a valorar la tesis de Hawking, ni si contenía una certeza incontrovertible, o de que solo se trataba de una aventura provocadora del conocido científico, pero no cabe duda de que el simple enunciado tal como se transmitió en el resumen editorial era una enmienda a la totalidad de los planteamientos del fideísmo monoteísta.

Por eso causó la perturbación que causó y la razón es muy sencilla. En las distintas formulaciones monoteístas de Dios, la primera de las grandes esencias de la divinidad, por decirlo de una manera comprensible, es la de ser creador. Quitarle la realidad de la creación es una manera de eliminarle.
Mi artículo tuvo una severa respuesta crítica por parte del profesor Francesc Torralba. Le agradezco la atención que me prestó y la corrección con que lo hizo, también ese será el tono de mi reflexión. Tomo unas frases de su texto al referirse a mi escrito: «Dice textualmente que la teología no es una ciencia y lo remata diciendo más a menos que es un género de la literatura fantástica». La verdad es que al afirmar que no es una ciencia, no pretendía negarle su estatuto de actividad intelectual de primer orden, incluso sublime como la calificaba el gran teólogo escolástico Duns Scoto, sino que le retiraba el estatuto epistemológico entendiendo por epistemología la doctrina de los fundamentos y métodos del conocimiento científico. Dios está en el piso de arriba. Aunque tengo que decir que tampoco me voy a poner estupendo negando que sea una ciencia. No tengo ninguna certeza que pueda calificar de absoluta en este sentido, aunque después de releer ahora mismo el número especial de Le Nouvel Observateur sobre Dieu et la science. Le nouveau choc podía hacer una lluvia de citas de intelectuales de distintas disciplinas apoyando mi afirmación.
De lo que estoy un poco más convencido es de que la teología es un género de la literatura fantástica. Y aquí lo digo con el mayor respeto y admiración, al modo de Borges. Lean el diálogo entre Borges y Sábato, los dos grandes pensadores y escritores argentinos. «Borges, ¿qué opina usted de Dios?», pregunta Sábato. Responde Borges: «Dios es la máxima creación de la literatura fantástica». Sigue Sábato: «Pero dígame, Borges, ¿por qué escribe tantas historias teológicas». Responde Borges: «Es que creo en la teología como literatura fantástica, es la perfección del género». Incluso desde el teísmo se puede admitir que la formulación de Yavé que se hace en el Antiguo Testamento es de una belleza desmesurada y fantástica. También terrible. La revelación más sustantiva se le hace a Moisés, según el libro del Éxodo, cuando pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró y vio cómo ardía una zarza que no se quemaba, el fuego era el mismo Dios y entabló una charla con Moisés sobre la opresión de su pueblo por los egipcios. La opresión del pueblo de Moisés, que también era el pueblo de Dios. El momento culminante fue cuando le dijo para presentarse: «Soy el que soy». Sobre esta frase, que es puro realismo mágico, no me lo negará el profesor Torralba, los teólogos han gastado ríos de tinta con algunas páginas de gran belleza creadora. Los seis días de la creación que nos cuenta el Génesis es literatura fantástica en estado puro, así como el paraíso, la manzana, la mujer y el pecado, que se eternizará de generación en generación. Estoy de acuerdo cuando dice que el Génesis es un relato que, por definición, pertenece a la tradición literaria, que exige una interpretación simbólica y alegórica que ni confirman ni niegan las afirmaciones de físicos y cosmólogos. La simbología y la alegoría, también lo dice Borges, son piezas clave de la literatura fantástica.
Es necesaria una afinada hermenéutica para explicar ese pasaje terrible del Éxodo, dentro de una teología avanzada, en donde le ordena a los israelitas pintar la puerta con la sangre del cordero de Pascua porque «esa noche atravesaré todo el territorio egipcio matando a todos sus primogénitos, de hombres y animales. La sangre será vuestra contraseña en las casas donde estéis, cuando vea la sangre pasaré de largo. Yo soy el Señor». Este párrafo necesita una exégesis imaginativa, porque a la luz del Derecho Penal avanzado podía tipificarse como genocidio. No cabe duda de que tanto en el judaísmo como en el cristianismo y el islamismo, los que formularon la idea y la identidad de Dios, los teólogos, hicieron un genial trabajo intelectual.
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