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martes, 16 de noviembre de 2010

Misógino, racista y gran escritor

 
El ganador del Premio Goncourt del 2010, el más importante de Francia, es un hombre delgado, poco atractivo y muy tímido, que fuma cuatro cajetillas diarias y bebe (vayan ustedes a saber la razón) vino argentino. Lo combina con cerveza. Quizá fue su amor a esta bebida lo que le llevó a mudarse a Irlanda. O puede que fuera su islamofobia -considera el islam «la religión más idiota del mundo»- el motivo que le obligó a esconderse en un lugar tan frío y discreto.

Michel Houellebecq es misógino, amante de la pornografía y, o eso dicen, racista. Hasta su madre cree que es un «imbécil». Pero también es un gran escritor.

No hace falta que nos gusten los autores de las obras que leemos y, aunque es más sencillo admirar a los buenos, es absurdo enfadarse porque un escritor no tenga una vida ejemplar o debido a que sus opiniones sean lamentables. Como lo son las palabras de Arturo Pérez Reverte, quien ha calificado de «mierda» a Miguel Ángel Moratinos por echar unas lágrimas. Aún peores me parecen las de Fernando Sánchez Dragó cuando se congratula de haberse acostado con unas «zorritas» japonesas de 13 años. Pero no es la patética vida sexual de Sánchez Dragó la que me lleva a no leer sus libros, sino la falta de interés de sus escritos. Por el contrario, ante una obra de Dalí, franquista confeso, no puedo dejar de ver al genio.

Te puede repeler Houellebecq. Sin embargo, Las partículas elementales, Plataforma o El mapa y el territorio (la novela premiada) reflejan con maestría la sociedad en que vivimos. Nos ponen delante de nuestras peores pesadillas: la prostitución infantil, la vejez, el consumismo, la violencia, la falta de amor o de sexo… No obstante, feministas, filósofos, gentes de izquierda y de derecha rechazan su literatura. Es una opción. La misma que toman los que se niegan a leer Viaje al final de la noche, obra maestra de Louis Ferdinand Céline. Es cierto, Céline era fascista y antisemita. Dalí, franquista. Houellebecq, misógino. Hay que aprender a convivir con ello: distinguir entre el artista y su arte. Que uno no nos impida ver al otro.


Rosa Cullell Periodista
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