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jueves, 17 de febrero de 2011

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Alguien dijo que no se puede vivir y escribir al mismo tiempo. Después del fin del mundo traté de pasar página, de intentar olvidar mi derrota, y traté de vivir, sin conseguirlo.
Durante aquellos días, esperé en medio de la noche y del frío, en una de esas colas interminables donde van a parar los hombres y mujeres que han sido devorados por el paso del tiempo y el fracaso. Miraba alrededor y me sentía perplejo; estaba completamente solo y no conseguía entender el sentido de todo aquello, la forma que adoptaba mi destino. No sabía qué hacer, ni como reaccionar, así que concentré mis fuerzas en mantenerme vivo, a pesar del dolor y la tristeza.
Nunca me había sentido más solo y más perdido que aquellos días que pasé sumergido en la oscuridad. Así estuve algún tiempo, olvidada la memoria de los libros, de la escritura y de la vida, y no conseguía entender ni una palabra. Traté de sobrevivir desesperadamente. No escribí ni una línea. Trataba de buscar una salida, pero sólo sentía que mi alma estaba muerta. Algunas noches abría los ojos en medio de la oscuridad y ya ni siquiera era capaz de encontrar un mínimo latido en mi corazón.
Sufrir y fracasar, caer y levantarse. Las grandes tragedias de la vida nos transforman. Tal vez ese sea el único sentido del dolor. A través del dolor se realiza el cambio.
Todos los grandes cambios, los misteriosos cambios que afectan a nuestra alma, a la naturaleza más íntima y profunda de nuestros sentimientos, provienen de una fuente profunda, inagotable, de dolor. Y yo sentí y viví ese gran dolor durante un tiempo que a mí me parecía interminable, y puede -aún no lo sé, uno nunca sabe a ciencia cierta este tipo de cosas-, que algo cambiara en mí profundamente.
Ahora, esta mañana, Luxor, mi nuevo amigo, una mezcla de perro y lobo, ha salido de su jaula muy tranquilo. Apenas desconfía ya. Me ha mirado despacio, con sus inmensos ojos grises, cargados de nubes y tormentas, y me ha seguido dócil por el campo. El día es terriblemente frío y toda la naturaleza está en silencio. La niebla se ha levantado y, aunque el cielo tiene un color oscuro, la lluvia da una tregua y se respira una especie de paz tensa, como de espera, en esta lucha salvaje por la vida.
En la ladera del monte, junto al río, Luxor va delante. Yo le sigo, esquivando las matas de tomillo, las piedras y las zarzas. Mientras observo sus gestos, su forma de moverse y hasta de respirar, comprendo su sangre de lobo y de animal salvaje. Toda la evolución del mundo permanece viva en sus gestos. Esa es su naturaleza, algo que es irremediable en él, como todo este gran dolor que ahora construye mi pasado.
Llegamos a lo alto de una loma y juntos contemplamos el horizonte. Unos conejos saltan aquí y allá y Luxor los observa con las orejas erguidas, pero no va tras ellos. ¿Dónde comienza todo? ¿Dónde termina? ¿Qué cataclismos han tenido que suceder para hacerme llegar aquí, a este momento? Pienso en todos aquellos años, malviviendo encerrado en la oficina, en cada fracaso de mi vida, en todo lo triste del pasado, en todo lo incierto del futuro, y entonces un súbito escalofrío me recorre la espalda y me siento pequeño, perdido y terriblemente solo.
De pronto Luxor se vuelve, se yergue, pone sus patas enormes sobre mi pecho y me lame la cara. Es la primera vez que hace esto. Sonrío: me siento unido a él.
Observo a Luxor: por su sangre corre una mezcla de sentimientos encontrados. A veces quisiera ser un perro y otras quisiera ser un lobo, pero al final del día Luxor no es más que un animal perdido entre dos mundos, alguien muy parecido a mí. Tal vez por eso estamos juntos.
Se pone el sol, el frío se hace intenso. Termina el día y ahora, cada uno de los dos debemos regresar a nuestra jaula. 

ÁNGEL PASOS

http://lacomunidad.elpais.com/undos333/2011/2/4/regresar


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