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lunes, 28 de marzo de 2011

ASALTO AL PALACIO



Emma Riverola


Debemos aceptarlo: los jóvenes de nuestro país hoy no asaltarían el Palacio de Invierno. Su revolución no está en las barricadas en las calles, ni en las inflamadas proclamas sediciosas. Si en ellos buscamos el reflejo de anteriores concepciones de rebeldía, difícilmente lo encontraremos. Salvo honrosas excepciones, la mayoría trata de mantenerse a flote en un magma de decepción y pesimismo. Su rechazo de la clase política fluctúa entre el desprecio y la indiferencia. Y su escepticismo se extiende hacia los agentes sociales y los medios de comunicación. Nacieron en una época de bienestar, protegidos y anestesiados por una visión hedonista de la vida. El sueño se está resquebrajando, pero aún se resisten a despertar. Por ahora, la red ha sustituido los antiguos cafés y locales clandestinos de reunión.

Probablemente, las conversaciones son tan estériles o brillantes como en los albores de cualquier movimiento. Stéphane Hessel, el nonagenario resistente, clama ¡Indignaos! en su exitoso manifiesto. Pero ninguna revuelta ha triunfado sin contener una idea, equivocada o acertada, del camino que hay que seguir. Si las expectativas de futuro siguen menguando, quizá llegue el día de la desesperación total. Entonces, tal vez un furioso y letal ciberataque asalte las estructuras financieras y políticas. Pero si el Palacio de Invierno cae, ¿qué nuevo orden propondrán los rebeldes?
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