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lunes, 7 de marzo de 2011

BAJA COSTURA



Emma Riverola


Galliano nos ha escandalizado. Sus palabras son asquerosas, sí. Están a la altura de ese borracho repulsivo que, en la esquina de un bar, farfulla que las mujeres son unas zorras merecedoras de una bofetada o que los inmigrantes deberían estar, con sus pateras, en el fondo del océano.
No voy a defender a Galliano ni su empleo. Si en vez de premiar a los aduladores y los calientasillas inútiles, las empresas se limpiaran de racistas, misóginos y acosadores, el aire sería más puro. Aunque muchos despachos quedarían medio desiertos. Pero las hipócritas voces plañideras de los gurús de la moda, rasgándose las vestiduras por el perjuicio que Galliano ha causado a la industria, me parecen pornográficas. ¿Acaso la alta costura viste a las seguidoras de la madre Teresa de Calcuta? Sus ropas no solo se pasean por la alfombra roja del espectáculo. Son un certificado de la opulencia y el poder de cierta escoria del planeta. Sus modelos se lucen en los templos de la corrupción, en los cócteles de los tipos que han hundido la economía mundial (pero no las suyas), en las fiestas manchadas de sangre de los dictadores de turno. Esos que no solo bravuconean agarrados a una copa, sino que masacran cada día a sus pueblos. ¿También van a cerrarles las puertas a esos rentables clientes en pro de la dignidad?
Nadie es puro. Nadie. Pero no necesitamos lecciones morales de Dior ni de Lagerfeld.
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