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martes, 5 de abril de 2011

Una historia sin remedio

Ante las crisis actuales, los líderes deberían reflexionar sobre la 'causalidad' de los fenómenos sociales



Manuel Milián Mestre 
Dice la Biblia que el número de los necios es infinito. Habría que añadir que ahora mucho más que en los tiempos del Antiguo Testamento, donde las gentes quedaron impactadas por el diluvio universal, la destrucción de Nínive, o de Sodoma y Gomorra. Dios dijo al que imploraba «Buscadme un hombre justo», y el salvador de la ciudad no dio ni siquiera con uno. Hoy los poderosos son genuinos pendencieros, ambiciosos sin límite, globalizadores sin remedio, amasadores de fortunas ingentes, capitalistas de una barbarie sin fronteras... Los urbanitas de las metrópolis son víctimas de una supuesta ley para todos y de una codicia de cada cual medida en los límites del consumismo desaforado y del hedonismo desmadrado. El ciudadano, sometido a una deformada escala de valores, presa del relativismo moral y en manos de dirigentes sin principios, huérfano de liderazgos trascendentes, es un ciego en un túnel en el que se eclipsa la luz de la esperanza. ¿Sabe este ciudadano adónde le conducen sus gobernantes?
Probablemente al colapso, al igual que le llevaron entre los años 1930-1945 los fanáticos, los demagogos y los pusilánimes de Europa. Tras el caos, amanece el horizonte de los ordenadores iluminados, aquellos que pretendieron construir el «nuevo orden» en Alemania, en Italia, en Japón; o aquellos que soñaron con sus utopías desde la revolución de octubre de 1917 en Rusia, y prodigaron millones y millones de muertos en sus fantasías de reestructuración social en razón de la justicia, eclipsando la libertad de los humanos. Basta leer Mein kampf, de Hitler. O La carta a Occidente, de Solzhenitsyn, o El libro negro del comunismo. El problema no es el siglo XX con todos sus desmanes, sino la ausencia de conclusiones empíricas acerca de las causas de aquel desastre, porque el desorden se ha expandido en el mundo económico y financiero, con gravísimas derivaciones en la escala de valores que desvertebra esta sociedad en la que vivimos o habitamos con millones de parados, con elevados porcentajes de jóvenes sin trabajo y -lo que es peor- sin perspectivas del mismo en sus lugares de origen. Las emigraciones son un escape, una huida, una incógnita. A la postre, una componenda de inseguridad. ¿Y es ese un horizonte para tanta juventud?
Si las causas se dan, no es legítimo negar las consecuencias. Las primeras axiológicamente arrastran a las segundas; de ahí la reflexión de Ortega y Gasset sobre la historia como «maestra de la vida». Raymond Queneau sostiene que «la historia es la ciencia de la desgracia de los hombres». Negarlo es una invitación al suicidio, opción que los jóvenes, más allá de los efluvios románticos, no pueden contemplar en virtud de su propia biología. Mas, cuando no se ofrece un horizonte claro e ilusionante, su ambición se encharca, y se pudre el medio en el que habitan hasta que sus energías fermentan y llegan procesos sociales descontrolados como respuesta, en algún caso predeterminados por estrategias revolucionarias. ¿No es ese el escenario del Magreb, Libia, Egipto, Túnez, Bahréin...? La determinante de una demografía explosiva y sin perspectivas de futuro sostenible es, sin duda, la causa de su desafiante reacción. Sociedades con el 70 % de población menor de 35 años y sin oferta de trabajo o profesión razonable no concuerdan con la sostenibilidad social, ni menos aún con una paz social sin justicia. A la postre, los de siempre aducirán motivos de seguridad por encima de las razones de libertad.
Este es un escenario que requiere un «juicio sintético a priori», tal como exigía Kant en el siglo XVIII. Todo es previsible, si las razones causales son estimadas en su dimensión objetiva. Que de Japón podía surgir un desafío del átomo como fuente de energía era perfectamente predecible, si se consideran los factores de riesgo en toda su potencialidad: zona sísmica extrema, tsunamis y terremotos de la máxima gradación como hipótesis, concentración atómica en zonas de riesgos máximos... Los profetas de antaño son los analistas de hoy. Otra cosa es soñar, no razonar, como en los años 60 se argumentaba desde campañas de Átomos para la paz. Me lo hizo comprender el viceministro de Exteriores de la URSS Petrowski, en 1990, en el Kremlin, al argüir que, por encima de complejos ideológicos, todos los europeos de ambos lados del telón de acero compartíamos una «casa común europea»-evidente a partir del accidente de Chernóbil- y una deriva nuclear del conflicto a partir de una guerra convencional: «Basta echar una bomba convencional sobre una central atómica. Las consecuencias -concluyó- son idénticas».
La apocalíptica crisis actual de Japón, el conflicto social y político de Oriente Medio, y la brutal realidad económico-financiera de Occidente, todo al mismo tiempo, deberían sugerir a nuestros líderes una severa reflexión acerca de la causalidad de los fenómenos sociales y el consecuencialismo de la ausencia de lógica en la consideración de los factores que enturbian nuestro tiempo. En definitiva, la historia como maestra de la vida. Habrá que escuchar, si no queremos inundarnos de estupidez colectiva.
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