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lunes, 14 de abril de 2014

VARIACIONES PARA UNA NIÑA ASUSTADA


 Estar enferma me hace sentir enojada, triste, impotente para tomar la vida desde la punta. Me resulta difícil de creer que en verdad algo así me esté pasando a mí. Normalmente estas cosas les pasan a los demás y una tiende a mirarlo desde lejos, desde cierta distancia. No puedo aceptar que todo esto que manifiesta mi cuerpo y mi mente sea cierto, sea real, que no me pueda apartar, levantar un muro, que si la menopausia quirúrgica, que si la hipertensión heredada, ¿no pude haber heredado algo mejor?. Es una pregunta recurrente, ideal para días en que el mundo pesa sobre mi espalda. El doctor dice que para qué tipifica mis síntomas, como Fibromialgia, que mejor no le demos ningún nombre a estos dolores, que actuemos, que haga ejercicio todos los días, por supuesto debo bajar diez kilos y buscar la fuente del insomnio, la angustia. Qué fácil parece en boca del doctor todas estas cosas, lo dice maquinalmente, como una receta de bisquets, o esos rompecabezas de 500 piezas donde quizás solo una o dos se te resistan un poco, pero esto que siento de noche y día es tan fuerte que me desequilibra sensiblemente, al grado de llegar a sucumbir al temor, ese miedo que paraliza como cuando estás en un elevador y se va la luz y te quedas sola y nadie responde a tu grito. Lo peor es volver a eso que tenía mas o menos bajo control: el miedo a sentir miedo, el miedo de enfrentarme con la luz del día y perder, el miedo como boa atrapando tu cuerpo e impidiendo que respires provocando conatos de infarto. 
Tengo vergüenza con mi familia de sentirme siempre mal y no poderles demostrar con datos químicos lo que me pasa. Y es estúpido esto que estoy diciendo, si, se que es estúpido, que es estúpido y falso, hace demasiado que sé que una solo ha de sentir vergüenza por lo que hace, cuando esto no está a la altura de su propia alma y no de aquello que recibe, aunque sea malo, sobre todo si es malo, eso es error de otro, la vergüenza de otro, no la mía. Hace mucho tiempo que sé esto y tu mi sapiencia sin embargo no evita esa sobra de reo, ese grillete que a veces cargo como si la enfermedad fuera un incordio para los que me rodean. Entonces sé que me he olvidado totalmente y el silencio, el mutismo interior es absoluto. No quiero cargar con esto 30 o 40 años que me queden por vivir. Quiero limpiar estas sensaciones y quiero sentirme libre. Ser la mejor versión de mi misma. Mi propio poema, la belleza de ser yo. 

Un tratamiento hormonal de primera generación, Fluoxetina y hablar, hablar, hablar y sacar y sacar y sacar todo, todo lo pequeño, todo lo grande, todo lo trasparente, todo lo oscuro, aquello que se lleva en los bolsillos como insignificantes papeles, aquello que se guarda en los armarios, lo que se esconde bajo la piedra del patio, lo que se clasifica en el fichero de la A a la Z, fue lo que recomendó el ginecólogo, experto en climaterio de la mujer, así le habrá ido con su mamá, por su parte, el cardiólogo me envío la primera noche a mi casa con un Holter, aparato que debía medir la presión arterial sanguínea durante 24 horas y con el que me sentí como un hidroneumático con patas del ruido tan intenso que emitía cada 20 minutos, la banda del brazo derecho era tan molesto como torniquete cada vez que se activaba, enviando datos a una pequeña computadora mediante una gran manguera negra que pendía de mi cuerpo dentro de una bolsita, casi no dormí entre el ruido y la caja de plástico sujeta a mi cintura. La segunda noche me sustituyeron el Holter por otro que mide el ritmo cardiaco, parecía Robocop, 7 cables de distintos colores colgando de mi pecho adheridos con chupones y como destino una maquinita tipo IPOD dentro de un estuche y colgando sobre mi estómago, me veía tan extraña con eso que asomaba por encima de mi blusa que cuando llegué al banco el policía de la entrada me detuvo para asegurarse que no llevaba una bomba. Él cardiólogo también opina que debo contar todo lo que me enoja para reducir el nudo del estómago. Debo buscar la raíz de ese nudo para desbaratarlo como si fueran las agujetas de los tennis. Debo hacer una mudanza interna, sacarlo todo a la calle, abrir las ventanas y dejar que corra el viento. 
Mi coraje es tan añejo que parece enredadera escrita en un muro. A veces pienso en mi papá, el primero, pues tuve dos, murió de alcoholismo, es decir primero murió el alma y años mas tarde fue a reunirse con él su propio cuerpo. Éramos tan pequeños... aquello hizo que cambiara nuestro destino, pero recuerdo tan poco de él, los padres siempre son tan ajenos, bien podría no ser esa la causa de todo lo que tengo. Nunca lo culpé supongo que su vida ya era demasiado para él como para pedirle que hubiera hecho algo por la mía. No quiero reclamarle nada, la meta no es arreglar esa parte de mi vida con mi padre sino dejar de lado ese sentimiento de abandono y encono, ese recuerdo que golpea la boca del estómago como un hacha cuando trato de explicar mi niñez, las pesadillas, el insomnio de siempre, las enfermedades. El miedo y el miedo del miedo. 

El origen pudo haber sido una mezcla entre el cambio de las líneas de mi mano y la crianza con mi abuela materna, machista, cruel, dura, llena de resentimientos, no siento rencor hacia ella sino lástima, lástima de la pobre vieja que la devoró su neurosis y vivía ahogada en una plegaria de su propio velatorio. Ahora ya tampoco importa lo que viví con ella solo me conformaría con dejar de justificarme de todo por mi niñez de “La Cándida Eréndira”. 

A los casi 50 años mi meta es liberarme de la armadura del pasado, dejar de sentirme indefensa y vulnerable, debo aprender a ser el ser autónomo que soy, la mujer con valor y valiente que sabe enfrentar cualquier reto pero también que acepta que suceden cosas que no puedo cambiar y aceptar muchas otras detrás de las cuales estoy yo misma. Debo comenzar a sostenerme por mis propias piernas y tener claro quien soy, lo que he conseguido y logrado y sentirme orgullosa. Aprender a mandar al diablo lo que los demás piensan de mi. Los juicios y el polvo cubren la tierra, forman parte de ella, y no tienen más importancia el de uno que el de otro, los juicios, los prejuicios como polvo en mis zapatos que puedo sacudir fácilmente cada vez que siento que enturbian su brillo. Mi brillo.... 
Mi abuela nunca creyó en mi poder de superación, decía que yo era igualita a toda mi raza, a mi padre, a mi otra abuela; me miraba y decía: “Toda la jeta de tu padre”. No había manera de quedar bien con ella, ni siendo la niña de los dieces, los diplomas, los reconocimientos. Supongo que quería que yo cambiase a mi padre, como un alfarero, como un demiurgo griego, modelarlo en el hombre que a ella le hubiera gustado tener de yerno, comenzando por su judaísmo. 
Nunca supo en lo que me he convertido porque jamás creyó en mi, mas he aprendido que nadie tiene forma de saber en dónde me encuentro emocionalmente por mas que me amen u odien. Toda la gente que nos rodea son simples forasteros que suponen saber cómo se siente uno pero en realidad son seres extraños en nuestro juego emocional, el diablo son los otros, decía Sartre, y supongo que debe ser verdad, aunque siempre me pareció una persona demasiado solitaria, todos lo somos, así. No tengo porque arreglar mi niñez, sólo verla desde lejos, observarla como si estuviera en un cine mirando con humor una película de mi abuela y yo y reírme. Quiero tener la capacidad de desarrollar una vista externa de esa etapa y apreciarla por las cosas buenas, que sin duda hubo, y reírme por los años y años que me he torturado por lo malo, algo que ella tampoco puede arreglar ahora, como yo no podía cambiar a mi padre. Ninguna de las dos tenemos la responsabilidad de componer nada, ella ya está muerta hace 23 años y a mi, lo único que me queda es rehacer la historia con humor, contármela como si ella y yo estuviéramos en una orquesta tocando un instrumento desafinado que emitiera sonidos discordantes con el resto de los músicos y sin poder hacer nada, escuchar eso tan feo que al rememorarlo nos diera tanta risa que pudiéramos olvidar la mala ejecución del momento. Deberé reírme tanto con esos recuerdos que mi cara sea como una máscara veneciana, que me de tos, reírme tanto que no necesite hacer ejercicio, tomar hormonas nuevas y fluoxetina porque esa sería mi mejor terapia. Es mas, le agradeceré haber sido una de las partes más significativas de mi vida que da la oportunidad de contar 

Lina Zerón
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