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martes, 10 de febrero de 2015

EL MONSTRUO DE LAS DOS CABEZAS

La industria alimentaria y la farmacéutica son dos monstruos que nacieron y se desarrollaron al unísono. Hasta mediados del siglo pasado, la cocina era el sancta sanctorum del hogar, la mujer dedicaba buena parte de su tiempo en comprar, preparar y cocinar los alimentos, todo se elaboraba en casa, las salsas, las croquetas, las empaladillas... Las verduras se compraban frescas, se pelaban se lavaban y se comían en el día, el pescado era de playa, el pollo de corral y la ensalada de la huerta. Las recetas caseras suplían con ingenio las carencias en materias primas, si no se podía comprar merluza, se comían sardinas, arenques o pesca salada, se aprovechaban todos los restos, los arroces, los caldos y las ensaladas marineras se hacían reciclando los elementos que habían sobrado en la cocina y el conejo, el cordero o el cabrito eran buenos sustitutos cuando la ternera quedaba fuera de nuestro alcance.
En la medicina, el proceso fue muy similar, el medico, tras examinar minuciosamente al enfermo, recetaba una formula magistral a base de productos naturales que el boticario se encargaba de preparar y perfeccionar, las abuelas conocían de hierbas y emplastos naturales que en muchas ocasiones bastaban para curar las pequeñas indisposiciones.
En aquellos años, no existía la industria farmacéutica como la conocemos actualmente, se comercializaba aceite de hígado de bacalao, aceite de ricino y productos similares que se limitaban a envasar y distribuir, la mayoría de los grandes laboratorios actuales provienen de industrias químicas como Bayer que buscando rentabilidad descubrió que uno de sus deshechos, el acido acetil salicílico (corteza de sauce blanco) era antiinflamatorio y antipirético, pero el pistoletazo de salida lo dio Fleming en 1928 cuando casualmente se percató de los poderes antibioticos del hongo penicilium, había nacido la Penicilina.
A partir de ese momento y tras la segunda guerra mundial, una gran parte de la industria química toma dos caminos, un ramal se dedica a sintetizar los principios activos de plantas y hiervas naturales y la otra, a producir alimentos industrialmente en factorías deshumanizadas. Vacas y pollos entraron en las cadenas de montaje generando beneficios millonarios, se modifican genéticamente los cereales para que produzcan el doble en menos terreno y se abona los campos con fertilizantes químicos e insecticidas, mientras la industria farmacéutica acababa con enfermedades como la tuberculosis o la viruela, cedía el paso a otras aun más virulentas como el cáncer o las enfermedades auto inmunes.
Es realmente penoso pensar que si todos estos medios se hubieran dedicado a cuidar la salud y la calidad de vida de la humanidad en lugar de engrosar la cuenta de resultados de la farmafia podríamos disfrutar de una vida mas larga pero sobre todo más saludable, de nada sirve alargar la esperanza de vida cuando nos convierten en enfermos crónicos, clientes seguros a los que ordeñar como a vacas de estabularlo, la granja de Orwell es cada vez más terrorífica, los cerdos más implacables y las condiciones de vida más draconianas, quizás sea necesaria una segunda rebelión para poder recuperar la dignidad y la esperanza, aunque para ello haya que acabar con los perros.
JUANMAROMO
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