jueves, 8 de enero de 2009

MUCHO MACHO


"¡Se que este encuentro lo estabas deseando desde hace dos años!" Dijo al tomar mi mano. Yo reía por dentro. Llegamos a mi departamento, medio nos desvestimos y digo medio porque él no podía quitarse los pantalones ya que no se sacó primero los zapatos y yo tenía frío. Ya en la cama exigía con voz decidida y varonil: ¡"úsame, utilízame, soy todo tuyo. Date gusto conmigo que para eso estoy, para complacerte, para que goces"!. Como es costumbre, puse un caset de música variada. Eran buenas rolas, de todos los tiempos, Doords, Santana, Roling Stone y alguna que otra colada.
Él escuchaba deleitado aquello recordando nuestros años de adolescentes. Me besaba la oreja izquierda, el cuello, los pezones, tratando de provocarse una erección pero el elevador no quería subir a ningún piso, permanecía en planta baja. Por fin, después de media hora, el temor a poseerme se alejó penetrando como tallo de girasol cortado hace varios días, pero alcanzando la meta de encontrarse en el subterráneo cuando en ese instante se escuchó la voz de Paquita la del barrio: "Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho". Quedó estupefacto ante la canción y yo que comienzo a reírme. Se hizo a un lado y me dijo muy tajante: "a cualquiera se le corta la inspiración con esa clase de música que escuchas”. Le ofrecí una disculpa y comencé a besarle el pecho y más abajo para compensarlo.
Por segunda vez trató de concentrarse, yo no pude alcanzar la grabadora para dar fin a la melodía que continuaba ahí en la atmósfera erótica. Él luchaba por mantener la dignidad de macho en alto y yo por no reírme y acaso sentir algo, de pronto subió el tono de la voz de la cantante: "Rata de dos patas, te estoy hablando a ti, porque un bicho rastrero, aun siendo el más maldito, comparado contigo, se queda muuuy chiquitoooo". Solté una carcajada que seguro se escuchó hasta la tienda de enfrente. No podía dejar de reírme. Molesto me pidió apagara “esa porquería” ya que no le permitía actuar como era debido. Extraje el caset. Continuaba con una risita leve procurando no me viera, me levanté al baño, regresé y le hice cosquillas. Se sonrió conmigo para luego decirme: "no es que no pueda, es que tu música no ayuda en nada".
Pobre machito, si no era la música sino demasiada hembra para él. Lo único que podía levantar eran los ojos para mirar mi expresión; nada más se elevaba en su cuerpo. No podía; y él que me recriminó que no deseara comprar crema chantilly para untármela en todo el relieve y retirarla con la lengua. De haber sabido hubiera adquirido mejor un viagra. Una hora más tarde, cuando medio pudo, yo ya estaba más fría que un glaciar y ni un gemido me arrancó. Avanzada la noche decidió no irse a su casa. Me había sacado el premio mayor, según él. Se quedaría conmigo a dormir, no sin antes advertirme: "ronco". A muy deshoras, me abrazó y tuvo que aclararme por si acaso: "no te enamores de mi, ni lo pienses, no te conviene quererme, te lo prohíbo". Lo miré con el filito del ojo derecho y pensé: "Gordo, feo, presumido, patán, divo, egocentrista, cabrón, medio impotente y medio maricón, ¿Qué hace aquí en mi cama?
Hice dos paces mágicos, soplé fuerte sobre su cara y en su lugar apareció un chileno hermoso que recién había conocido tres días antes, me abracé a su marcado torso para despertar un mes después en la ratonera de su casa cenando con Paquita la del Barrio.
Lina Zeron

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